PUEBLO VALIENTE 6

| 5 diciembre, 2016

Mensajes de Dios en una pequeña canción: el rumbo para seguir los pasos del Maestro.

Crucificado, por no haber matado
Resucitado, todos a su lado

Somos deudores, de gracia dadores
Sirviendo mayores, en sus labores

Mano en el arado, trabajo denodado
Horizonte buscado, legado preciado

Pueblo valiente, no dejas tu gente
Despierta tu herencia, tu santa esencia

Obrero digno del Señor es aquel prudente y a la vez diligente que comienza y prosigue hasta concluir la tarea encomendada (cf. Lucas 14: 26-30). No son aptos para el Señor aquellos perezosos en tomar el arado, como tampoco, lo son aquellos que poniendo sus manos sobre este miran hacia atrás. No solo no trabajan, sino que estorban las labores de los demás (cf. Lc. 9: 61-62).

Es muy lamentable ver, hoy más que nunca, a falsos líderes, quienes haciéndose llamar Apóstoles, Profetas, Pastores, Maestros o Evangelistas, sin temor de Dios, por su interés económico –sacarle dinero a la gente desesperada– engañan a las multitudes predicando el “evangelio de la prosperidad” y de la “gracia barata”, prometiendo mil beneficios terrenales sin sacrificio alguno (cf. Mateo 7:15; Tito 1:11), e ir al cielo cómodamente por el camino espacioso. Multitudes que ignoran que ese es el camino de destrucción (Mateo 7: 13).

Es, sin duda, poner la mano en el arado trabajo denodado. No solo requiere valentía atreverse, sino también perseverar en su esfuerzo hasta el fin. El siervo debe:

a) Arar: Remover la tierra haciendo en ella surcos con el arado. Arar la tierra es muy importante, pero es solo el comienzo de un proceso largo y arduo. Arar la tierra anticipa la siembra, se trata justamente de preparar la tierra haciéndola apta para recibir las semillas y que las mismas germinen. Y el obrero que ara debe hacerlo con esperanza (1ª Corintios 9:10). De modo similar, debemos arar nuestros corazones y los de otros haciéndolos aptos para recibir la semilla de la palabra de Dios (Jeremías 4:3); rasgar nuestros corazones (Joel 2:13). Predicar el arrepentimiento (Mateo 3:2; 4:17).

b) Sembrar: Luego de arar se debe sembrar. De nada servirá un corazón como tierra fértil si en ella no se siembra la semilla del evangelio de Jesucristo. La salvación es por fe, y “la fe es por el oír, y el oír por la palabra de Dios” (Romanos 10:17), porque “…¿cómo creerán en aquel de quien no han oído? ¿y cómo oirán sin haber quien les predique?” (Romanos 10:14). El sembrar la semilla de la palabra no siempre es fácil. Muchas veces, el contexto es no solamente difícil, sino también hostil; baste recordar las persecuciones de la iglesia primitiva, como por ejemplo: Esteban, Pedro, Juan, Jacobo, y los sufrimientos de Pablo (Hechos 4:19; 5:17-18; 6:8-7:60; 12:1-2; 12:3-10; 2ª Corintios 11:16-33 y demás). Quien siembra en esas condiciones con seguridad segará: “Los que sembraron con lágrimas, con regocijo segarán. Irá andando y llorando el que lleva la preciosa semilla; mas volverá a venir con regocijo, trayendo sus gavillas.” (Salmo 126:5-6).

c) Regar: La semilla germinada que brotó transformándose en una plantita no marca el fin sino el comienzo de la ardua tarea. Regar con agua hace a la plantita absorber los nutrientes que yacen en la tierra para crecer (1ª Corintios 3:6-8); es como darle leche pura no adulterada al bebé (1ª Pedro 2:2); en lo espiritual, significa alimentarlos con la palabras y las doctrinas fundamentales (Hebreos 6:1-2; Hechos 19:9-10). El crecimiento lo da Dios (1ª Corintios 3:6-8), por eso, no es suficiente con conocer la Palabra, sino que debemos ser aptos para enseñar y discipular (1ª Timoteo 3:1; Mateo 28:20)

d) Segar: Mientras va creciendo, hay que arrancar las cizañas que van apareciendo (cf. Mateo 13:29-30): rechazar y vencer tentaciones y superar las pruebas. Luego, llega la instancia de segar conforme a lo trabajado: “el que siega recibe salario y recoge fruto” (Juan 4:36), y “el que siembra generosamente, generosamente también segará” (2ª Corintios 9:6), porque lo que el hombre sembrare, eso segará (Gálatas 6:7).

Por eso, los que formamos parte del “pueblo valiente” no nos cansamos pues de hacer el bien; porque a su tiempo segaremos, si no desmayamos (Gálatas 6.9), siguiendo el ejemplo de nuestro maestro Jesús, que con su mano en el arado, trabajo denodado, jamás miró atrás en momentos críticos, sino que afirmaba su rostro para seguir adelante (cf. Lucas 9:51) con más determinación que nunca (cf. Lucas 22: 15).

 

Juan Kon

Juan Kon Yung Park
Pastor, ministro carcelario y abogado

 

 

 

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Categoria: Edición 18 | Los mensajes, entrega 10, Teología del Sur

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