LA PALABRA QUE SE ESCUCHA

| 12 diciembre, 2016

No es qué me dijiste, sino cómo me lo dijiste.

Comprender la Palabra en su texto y contexto emocional.
Descubrir las intensiones de Dios para entenderlo verdaderamente.
Una nota charlada… 

Jesús dijo, tal como cuenta Juan en el capítulo 5 verso 39 de su Evangelio: Escudriñad las Escrituras; porque a vosotros os parece que en ellas tenéis la vida eterna; y ellas son las que dan testimonio de mí…

Note que nos dice: “Miren bien, escudriñen. ¡¡Atención!!, porque a ustedes les parece que en ellas tienen vida eterna. Y son ellas las que dan testimonio de mí, pero ustedes no quieren venir a mí para tener vida.”

Los capítulos, versículos, así como los textos de referencias y subtítulos, son un estorbo a la hora del estudio de la Biblia porque nos inhiben la buena lectura del texto. A veces, nos quedamos con fracciones raras, solamente porque alguna vez a alguien se le ocurrió dividirla por ahí, y la dividió nomás, terminando así el pensamiento o un concepto, cuando en realidad no es así.

Soy un amante del texto bíblico: lo amo como tal, amo la Biblia y amo enseñarla, disfruto muchísimo haciéndolo, y es por eso que me animo a expresarme de este modo que parece una barbaridad. Esta semana le recomendé a alguien –y es la segunda vez en toda mi carrera pastoral que lo hago–: “vos no leas más la Biblia”. Podrán decirme: “No pastor, ¿cómo no vamos a leer más la Biblia?”, sin embargo, el consejo para algunos es valido: “no la leas más, a vos te hace mal”.

En verdad, a algunas personas les hace mal la lectura de las Escrituras.

Quisiera que te examines, si no te sucede también lo siguiente: en circunstancias la lectura de la Biblia, te hace mal, te hace daño, te hiere innecesariamente.

No es un problema de la Biblia sino nuestro, porque la leemos mal.

Abrimos sus páginas y vemos… ¡uy! esto no… voy a buscar otro texto… ¡uy! esto tampoco me sale bien… a ver por acá… ¡uuuyyy este hace muchísimo que no me sale! Y así vamos pasando de texto en texto, castigándonos, hiriéndonos con la Palabra, encontrando que ella y solo sirve para acusarme, para descalificarme, para herirme, cuando no era ello lo buscado.

¿Será posible que nos pase esto al leer la Biblia: que finalmente quedemos peor que al comienzo?

Nos vamos cargados de diagnósticos y sin tratamiento.

En Jeremías 7:21-28, nos encontramos con un profeta de los bravos, de aquellos que han vivido y han muerto por causa de la Palabra de Dios. Gente que amaba la Palabra de Dios y andaba en el Espíritu; llena de sentir que tenía que ver con el corazón de Dios. Allí dice: “Yo nunca les hablé a ustedes de holocaustos, ni de expiaciones…“, y vos dirás: “¿Cómo no, si en la ley está lleno de todo los mandamientos y de toda la minuciosa ceremonia que hay que seguir para limpiarse de los pecados?, ¿quién entiende esto?”. Si uno lo lee bien, dice Jeremías: “Cuando yo te saqué de Egipto, yo nunca te hablé de eso, es decir, yo te saqué de Egipto gratis, no porque me cumplías la ley. ¿Por qué te saqué de Egipto? Porque sos mi pueblo.” ¿Está claro? “No porque me cumplías la ley… porque ni había ley. Yo te saqué de Egipto porque soy un Dios fiel que te va a buscar y te rescata, no por las cosas que vos me hacés a mí, sino por las que yo te hago a vos.”

Si hubieras oído mi voz…”, insiste Jeremías. Es que tiene que ver con escuchar la voz de Dios.

Sabemos del género epistolar, esto de escribir cartas –está lleno el Nuevo Testamento de cartas–; nosotros hemos recuperado bastante del género epistolar, solo que antes lo hacíamos con cartas de papel y tinta; después empezamos a meter en la “compu”, ahora mandamos mails, twitter y whatsapp, y vaya uno a saber qué es lo que sigue en la próxima, pero hemos vuelto a escribir. Algunos no parecen fáciles de entender. Todo comprimido, chiquito y cifrado. Nos falta algo en medio de eso, y es como cuando vengo a este texto de Jeremías “Si hubieras escuchado mi voz”… Tiene que ver con esto de y decirnos algo mientras nos miramos.

“Escuchá mi voz y cómo te lo estoy diciendo”. “Escuchá el tono de mi voz”.
Cuando vos escuchás la voz de alguien sabés si está tranquilo, si está nervioso, si hay un tono de reclamo ahí atrás, o de amenaza. Porque a veces la letra dice una cosa y la música dice otra. ¿No pasa eso?
“¿Pero yo qué te dije?”
“NO, no es qué me dijiste, es cómo me lo dijiste.”
¿Pasa? A veces, la letra está bien, pero la música… “¡Ese tonito conmigo no, eh!”

Entonces, cuando digo: “Si hubieras escuchado mi voz”, se trata de esa posibilidad de que Dios nos hable más allá del texto.

Siempre tuvimos perros en casa, me encantan los animales. Y a veces hacía un juego, y le decía cosas terribles a mi perra, pero se lo decía bien, con voz cariñosa. Y ella se ponía contenta, movía la cola. Yo la amenazaba y ella se me acercaba por el tono de mi voz. Ella no entendía las palabras, entendía el gesto, la postura, el volumen y el tono de la voz, eso era lo que entendía, más allá del texto, por eso se ponía contenta. Era un juego que yo hacía. “Si hubieras escuchado mi voz nos habríamos entendido”.

Creo que escuchar a Jesús en este texto de Juan 5 es básico. Para los evangélicos “de los de antes” suena así: “Escudriñad las Escrituras porque a vosotros os parece que en ellas tenéis vida eterna, y ellas son las que dan testimonio de mí, y vosotros no queréis venir a mí para que yo os de vida.” Para “los de ahora” suena así: “Fijate otra vez en el texto bíblico, fijate qué dice. Porque te está hablando de mí, pero vos, que te agarraste del texto, no querés venir a mí para que yo te dé vida. Así no te va a ir bien. El camino es que vengas a mí para que yo te dé vida. El texto era para que vengas, para que nos encontremos. El texto era para que nos sentemos y comamos algo juntos, y nos digamos una palabra para facilitar la vida. No era para cumplir, era para vivir”.

Al acercamos al texto bíblico, pregunto: ¿Qué me quiere decir Dios? ¿Para qué me está hablando? ¿Qué estás buscando en la Biblia? ¿Con qué ojos estás leyendo eso?

Suelo decir que la ley, y muchas otras cosas que están en el texto bíblico, son como un centro de diagnóstico. Cuando vas a un centro de diagnóstico, te hacen todas esas maldades que te saben hacer allí. Te ponen en las peores posturas, te inyectan algo para una radiografía de contraste, te meten en un aparato insufrible y te hacen miles de maldades ¡que no te curan! Y al fin, salís del centro de diagnóstico con un montón de placas, con muchos papeles en distintos sobres, un CD y con cara de perplejo, pero no salís mejor que lo que entraste. Salís igual, solo que ahora sabés de qué te estás muriendo. ¿No es así? Bah, a veces más o menos sabés. Pero la idea es que eso sirva para algo, ¿para qué? Para curar. La idea es que con todo eso puedas ir al médico y el tipo te diga qué hacer y cómo sigue todo. Porque si te vas a tu casa con todo eso y lo ponés debajo de la almohada, es para llorar nada más, pero si vas al médico y él dice: “Bueno, ahora vamos a hacer esto y esto, así y así”, empieza el sentido terapéutico, lo otro es meramente diagnóstico.

Algunos se quedan allí, enamorados del centro de diagnóstico ¡¡y no van nunca para que los curen!! La idea de Jesús es: “Fijate y traeme todo el diagnóstico y vení a mí para que yo te dé vida”. ¿Se entiende?

Algunos no tendrían que leer nunca más la Biblia. Les hace pésimo, salen peor. Salen más rebeldes, más enojados, más amargados, mas descalificados, más tristes. Y es porque no van a buscar vida, van a confirmar su condenación. Qué espanto ¿no?

El mensaje del evangelio es un mensaje de salvación. Charlaba el otro día con una persona y discutíamos furiosamente el Libro de Job. Amo el Libro de Job, y lo amo porque es uno de esos que testifica del dolor humano, y testifica de muchos que se acercan al dolor de los demás para aumentarlo, para decir: “Seguramente que te merecés esa peste que te ligaste”. Así son los amigos de Job y todos los de esa calaña. Horribles. Esta persona leía toda su vida a la luz del Libro de Job y, específicamente, a la luz del primer capítulo del libro de Job. Yo le decía: “Mirá, el Libro de Job es una de las instancias de la revelación. Cuando estamos en la mitad de la noche, llega un punto en que las sombras comienzan a ceder. Ya más oscuro no puede ser, hay un punto en que cede y por allá se filtra una aurora. Se va instalando esa claridad y cuando afloja la aurora vienen el alba. El alba es un momento en que se empieza a poner claro el cielo… pero todavía no hay sol”.

Ahora ya no es la noche, ya pasó la aurora, estamos en el alba.
Después empieza a amanecer, empieza a venir el sol. Ahora se ve, crece el sol hasta que brilla con toda su fuerza y lo llena todo. Hermoso.
“La senda de los justos es como la luz de la aurora, que va en aumento hasta que el día es perfecto.”

Ahora, si te vas con la Biblia a las cinco de la mañana, que está comenzando el alba, y salís al patio, todavía no se ve como para leer. Pero vos te querés leer todo el libro de Job con esas luces del alba. Vas a sufrir ahí tratando de ver. Es una locura. ¿Por qué no usás la luz del mediodía? ¿Por qué no venís a Cristo, por qué no venís al Dios que te salva? ¿Por qué no te dejás amar, salvar, perdonar, librar, guiar en Jesús el Hijo de Dios? ¿Porqué vas a iluminar solamente todo tu entendimiento de salvación y filosófico con la luz de las cinco de la mañana si hay más?

Dejémonos iluminar con el cariño de la voz de Dios que te quiere hacer bien. Es Jesús quien dice: “Escudriñen las Escrituras porque a ustedes les parece que ahí hay vida eterna, y ellas hablan de mí, pero ustedes no quieren venir a mí.” ¡Qué cabezones! Aflojá, dejate salvar, dejate amar, dejate perdonar, dejate liberar, dejate guiar. Aflojá con la luz de las cinco de la mañana. Leé con mejores ojos, con más luz, con ojos de salvación, ojos de redención, con ojos de libertad, de alegría y gozo en el Espíritu Santo.

¿Será que se puede leer así la Biblia? Miren que esclavizadores abundan. ¡¡Rájenles!! ¿Se entiende lo que estoy diciendo? Esclavizadores abundan, que vienen y te dicen: “este mensaje es bíblico” y te engrampan con cuatro cadenas para que no puedas hacer nada más. Rajales. Leé la Palabra de Dios con la luz del mediodía, a la luz de Cristo. Escuchá la voz de Dios, escuchá el tono de la voz de Dios. Escuchá la ternura de la voz de Dios y, en algunos casos, escuchá la complicidad de la voz de Dios. Escuchá la inteligencia, la libertad y la paternidad de la voz de Dios, porque Dios está a favor tuyo.

“Aaaah si me hubieras oído… entonces tu luz hubiera sido como el mediodía”.

Entonces, hubiera sido distinta tu experiencia espiritual. La experiencia de la esclavitud religiosa es algo muy penoso, y la experiencia de la libertad en el espíritu es algo muy glorioso. Hay una gran distancia en el medio, hay que caminar con los ojos abiertos y los oídos atentos.

 

Julio Lopez

Julio Cesar López
Pastor en Belgrano
Iglesia Presbiteriana San Andrés

 

 

 

Cordialmente es la expresión de PASTORESxlaGENTE que, fiel a sus principios, no procura fijar conceptos únicos, sino que busca expresar la diversidad en la pluralidad que caracteriza al movimiento evangélico.

Las notas publicadas en esta edición digital reflejan la opinión particular de los autores.

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Categoria: BIBLIA, Edición 18 | Los mensajes, entrega 11, Teología del Sur

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