RECUPERANDO LOS VALORES DE LA REFORMA

| 8 enero, 2018

 

¿Cuál fue su contribución original, qué hizo de la Reforma algo único?

La Reforma del siglo XVI tiene una relevancia muy particular para el testimonio evangélico en América Latina. Es precisamente sobre los valores que allí se formularon que la fe y la práctica evangélica se han ido edificando en los siglos que pasaron. Por eso, recordamos y celebramos este evento como uno de los fundamentos históricos y teológicos sobre los cuales hemos levantado tal testimonio en nuestro continente. Atesoramos y valoramos como propia la comprensión de la fe cristiana que desde entonces nos ha sido transmitida por quienes nos antecedieron en nuestro peregrinaje de fe.

Sin embargo, al llegar a la celebración del quinto centenario de la Reforma, es necesario que nos preguntemos una vez más sobre este suceso extraordinario y su efecto en nuestro continente. Pero también es vital que recuperemos los valores de la Reforma y volvamos a comprometernos con ellos como la fuerza motriz que impulse nuestro compromiso de hoy con el reino de Dios en nuestro continente.

¿Qué fue y qué significa la Reforma Protestante para nosotros como cristianos evangélicos latinoamericanos? ¿Qué valores hemos heredado de tremendo proceso histórico y como recuperar su vigencia en la comunidad de fe y en su testimonio al mundo?

 

LA HISTORIA

Los historiadores consideran a la Reforma como un movimiento diverso y complejo, con muchas implicaciones sociales, políticas y económicas, así como también profundos aspectos teológicos y religiosos. De hecho, todavía está en discusión la fecha de inicio de la Reforma, que algunos datan a fines del siglo XV y otros la ubican ya bien entrado el siglo XVI. No obstante, hay bastante consenso en considerar el año 1517 como punto de referencia y en particular el día 31 de octubre de ese año como la fecha del nacimiento de este impresionante movimiento.

En esa ocasión, el monje agustino Martín Lutero, maestro de Biblia y teólogo, publicó lo que se conoce como sus 95 proposiciones o tesis contra la venta de lo que entonces se conocían como las “indulgencias.” Muchas de las cuestiones puntuales por él presentadas como temas de debate hoy no tienen mayor relevancia o interés para nosotros. No obstante, los planteos y valores que Lutero expresó en ese momento todavía tienen validez para nosotros, como claves para entender lo que conocemos como la Reforma y su vigencia.

 

LA SALVACIÓN

En el corazón mismo del pensamiento de Lutero estaba su convicción de que el perdón salvador de Dios a los seres humanos pecadores era totalmente una acción divina y no humana. En su teología fundada sobre su propia experiencia personal, el célebre agustino afirmaba su comprensión bíblica de que la salvación no es algo que nosotros podemos lograr por nuestros mejores esfuerzos o méritos, sino que es algo que nos es dado, es decir, nos viene sólo por la gracia de Dios. Por eso, él hablaba de la sola gratia divina, que es el amor de Dios que no merecemos, pero que él fielmente quiere otorgarnos. A su vez, en razón de que la salvación no depende de algo que nosotros podamos hacer o que otros o la iglesia misma pueda hacer por nosotros, la única manera de recibirla es por fe. Así, Lutero hablaba de la sola fide, es decir, la confianza plena en el amor redentor de Dios como el único camino necesario para acceder al mismo.

Así, pues, contra la idea básica de la venta de indulgencias, de que la salvación es algo que se puede comprar con dinero o buenas obras, Lutero concibió la salvación como un regalo de Dios, del que podemos apropiarnos por fe. De esta manera, el reformador desplazó a la Iglesia como mediadora de la salvación y colocó a Cristo como el único mediador entre Dios y los seres humanos. En este sentido, Lutero proclamaba a solo Christo, quien por su obra expiatoria en la cruz y el poder manifestado en su resurrección podía perdonar los pecados, dar una vida nueva y reconciliar con Dios a toda persona arrepentida y que confiara en él como su Salvador y le reconociera como su Señor. De esta manera, en su teología, Lutero establecía la posibilidad de una relación directa entre el ser humano pecador y el Dios salvador, conforme las enseñanzas de la Biblia.

El concepto central de Lutero de que nuestra salvación viene sólo a través de la gracia de Dios y no a través de nuestras propias obras, en realidad no era algo nuevo. Lutero, en su propia lucha personal por llegar a conocer a Dios no como un juez que castiga, sino como un Padre amoroso que perdona, encontró esta enseñanza en las Escrituras, especialmente en las cartas de Pablo. Y, en verdad, esta era una comprensión que no había sido olvidada a lo largo de los muchos siglos que separaban al apóstol de Lutero. El gran padre de la iglesia, Agustín de Hipona, ya en el siglo V había comenzado una serie de debates en defensa de esta verdad bíblica, especialmente contra teólogos que seguían las enseñanzas de Pelagio. Los pelagianos consideraban como muy importante la participación de los seres humanos en el proceso del perdón de sus pecados, es decir, le adscribían un papel activo en su propia salvación. La influencia de Agustín en éste como en otros aspectos fue muy fuerte dentro de la tradición católica, de modo que se hizo sentir en muchos contextos y con diferentes implicaciones a lo largo del tiempo.

En este sentido, la teología de Lutero era bien agustina.

 

LA BIBLIA

No obstante, ¿cuál fue su contribución original, que hizo de la Reforma algo único? ¿Qué fue lo que causó el revuelo y revolución dentro de la Iglesia medieval en los años que siguieron a la publicación de las 95 tesis de Lutero?

La causa no fue sólo su convicción, compartida pronto por otros, del principio de salvación sólo por gracia mediante la fe, sino la combinación de esta convicción con otro principio compartido en grado creciente por muchos. Se trataba de una convicción que, en el caso de Lutero, tomó un poco más de tiempo para clarificarse, pero que fue la llave para abrir toda una nueva comprensión de la fe cristiana.

A su vez, esta convicción tuvo una relevancia enorme en su contexto político y social, donde los patrones de poder en la sociedad y en la Iglesia estaban cambiando radicalmente. Debemos recordar que los días de Lutero fueron los de la profunda transición de una Europa medieval a una Europa moderna.

¿Cuál era esta convicción? Esta convicción era que la fuente de autoridad para la verdad cristiana se encontraba solamente en las Escrituras (sola scriptura) en oposición a las tradiciones eclesiásticas que la habían interpretado a lo largo de los siglos.

En el caso de las indulgencias y de la comprensión teológica distorsionada que estaba detrás de ellas, Lutero estaba diciendo que la Iglesia se había extraviado de la verdad que estaba en las Escrituras. Esto significaba que las tradiciones de la Iglesia de hecho podían estar equivocadas, y su pretendida autoridad bien podía ser cuestionada. Fue esta conclusión, tal como Lutero y otros la abrazaron, la que fundamentó los enormes cambios que habrían de producirse en la cristiandad desde aquel entonces, y a los que consideramos bajo el nombre de la Reforma.

Lutero mismo puso a las Escrituras como garantía de la verdad y estuvo dispuesto a dar su vida por esta convicción. Frente a la Dieta de Worms y en presencia del emperador Carlos V, con gran firmeza afirmó sus convicciones y declaró:

“Como, pues, Vuestra Serenísima Majestad y Vuestras Señorías pedís una respuesta simple, la daré de un modo que no sea ni cornuda ni dentada. Si no me convencen mediante testimonios de las Escrituras o por un razonamiento evidente (puesto que no creo al Papa ni a los concilios solos, porque consta que han errado frecuentemente y se han contradicho a sí mismos), quedo sujeto a los pasajes de las Escrituras aducidos por mí y mi conciencia está cautiva de la Palabra de Dios. No puedo ni quiero retractarme de nada, puesto que no es prudente ni recto obrar contra la conciencia. . . . ¡Que Dios me ayude!”

De esta manera, la Reforma puede ser interpretada como el replanteo fundamental y revolucionario de la cuestión de la autoridad religiosa. Aquellos creyentes que pronto fueron llamados “protestantes,” y que incluían a líderes como Lutero y a sus seguidores inmediatos, pero también a muchos otros que compartían sus ideas, elevaron la Biblia, como la Palabra de Dios, por sobre toda cualquier otra supuesta autoridad. Para estos reformadores, estas autoridades eran meramente humanas y debían estar sujetas al juicio de la Palabra de Dios, es decir, a las Escrituras. De esta manera, para todos ellos, la Biblia se transformó en su única fuente de autoridad en materia de fe y práctica.

Es difícil para nosotros captar la importancia de este replanteo. De ninguna manera el mismo presuponía que la Iglesia Católica había rechazado la autoridad de las Escrituras. Por el contrario, la tradición católica antigua había establecido y conservado el canon de los escritos sagrados, esto es, la lista de los libros que constituían las Escrituras Sagradas. A su vez, la Iglesia, en continuidad con esa tradición, había considerado a las Escrituras, así constituidas, como el legado de Cristo mismo a sus apóstoles y sus sucesores, esto es, a la Iglesia misma como su guardiana e intérprete. De esta manera, la autoridad de las Escrituras era una con la autoridad de la Iglesia. Es más, este concepto de la autoridad religiosa era parte del fundamento del orden mismo de la sociedad europea. Lo que hizo la Reforma, al elevar la autoridad de las Escrituras por sobre la autoridad de la Iglesia fue minar ese fundamento y, en consecuencia, ese orden que se había establecido a lo largo de toda la Edad Media. De allí la convulsión que se produjo.

Las implicaciones de este cambio de concepción en cuanto a la autoridad religiosa fueron enormes. Una vez que la autoridad de las Escrituras fue puesta por sobre la autoridad de la Iglesia, la siguiente pregunta obvia era: ¿Quién decide entonces el significado de las Escrituras? ¿Quién la interpreta? De hecho, una variedad de grupos y movimientos protestantes de diversos colores emergieron casi inmediatamente, como resultado de las numerosas respuestas que resultaron de estas preguntas. Cada teólogo o el grupo de sus discípulos pretendían interpretar las Escrituras de manera definitiva. A su vez, estas nuevas facciones diferían no sólo en cuanto a cómo concebían ahora a la Iglesia Católica Romana (i.e., como una tradición cristiana más, que para la mayoría de ellos era falsa y apóstata), sino también se distanciaban unos de otros en cuestiones pequeñas y grandes.

La ostensible unidad de la Cristiandad y de la Iglesia (la Unan Sanctam) estaba ahora atomizada y destruida. Incluso la propia Iglesia Católica Romana, si bien mantenía con firmeza su concepción histórica de sí misma en relación con las Escrituras, participaba de esta re-comprensión de la autoridad religiosa. De hecho, en la reafirmación de las doctrinas tradicionales de la Iglesia en el Concilio de Trento (1545-1563) y en cierto resurgimiento espiritual en los años que siguieron al mismo, la Iglesia Católica Romana volvió a afirmar el lugar de las Escrituras como fundamento de su fe, sin renunciar a la autoridad de la tradición. De esta manera, la Iglesia reconoció implícitamente el nuevo papel que el asentimiento individual tendría que jugar en la aceptación de estos principios, dentro de la nueva situación de cierta pluralidad de creencias.

 

LATINOAMÉRICA

Para nosotros como cristianos evangélicos en América Latina, el gran legado de la Reforma está en su revisión fundamental del concepto de autoridad religiosa que ésta produjo. De modo más particular, y tomando en cuenta la preocupación de Lutero al comienzo del movimiento, su afirmación de la gran doctrina de la salvación obrada sólo por Cristo, que nos es dada sólo por gracia, que se recibe sólo por la fe, conforme a lo que aprendemos sólo por las Escrituras se ha transformado en el fundamento de nuestra comprensión evangélica de la fe cristiana. Esta doctrina ha llegado hasta nosotros, no precisamente a través del legado de Lutero y sus seguidores inmediatos los luteranos, que se concentraron mayormente en el norte y centro de Alemania y Escandinavia, sino a través de la tradición reformada, que comenzó de manera separada en Suiza y se esparció por todo el mundo.

Por cierto, estas tradiciones protestantes se han enriquecido notablemente con el correr de los siglos y han adquirido una gran diversidad y modalidades de expresión. Muy particularmente en el siglo XX, esta comprensión evangélica se ha enriquecido notablemente con la experiencia pentecostal y carismática en nuestro continente. El resultado es que la fe cristiana evangélica latinoamericana sostiene como columnas fundamentales de la misma los cuatro principios cardinales de la Reforma: solo Christosola gratia, sola fide, y sola Scriptura.

 

OTROS EFECTOS

Los cristianos evangélicos latinoamericanos aceptamos y recordamos esta doctrina de la salvación como el gran legado de la Reforma. Pero es importante notar que también reconocemos la tragedia de la Reforma, es decir, su violencia y divisionismo. La pluralidad de grupos religiosos que generó la Reforma lamentablemente llevó a las devastadoras guerras de religión, que se prolongaron hasta mediados del siglo XVII.

Si bien la Reforma levantó inevitablemente la cuestión en cuanto a quién decide el significado de las Escrituras, no pudo elaborar una respuesta que permitiera a los adversarios teológicos vivir juntos en paz y evitar considerarse enemigos irreconciliables. Esto es, en los días de la Reforma no había todavía una idea de tolerancia religiosa y mucho menos de libertad religiosa.

Pasaría mucho tiempo antes que estas ideas adquirieran expresiones concretas. La ignorancia, el prejuicio, el fanatismo y la ambición de poder han llevado a la creación de un mosaico veneciano de facciones en pugna entre sí por considerarse dueños absolutos de la verdad o por querer imponer sobre otros sus propias conclusiones. 

El denominacionalismo, nacido como ideología en las colonias norteamericanas entre mediados del siglo XVIII y mediados del siglo XIX, ha sido la expresión máxima de este absurdo carnal, mundano y diabólico.

 

LA UNIDAD

En años más recientes, una serie de intentos fracasados de ensayos ecuménicos ha puesto en evidencia al menos el deseo de marchar hacia la unidad de los cristianos a nivel global. Más recientemente y como resultado de movimientos de renovación espiritual, millones de cristianos evangélicos, especialmente en América Latina, están orando y trabajando por la unidad del cuerpo de Cristo en respuesta a la oración de Jesús registrada en Juan 17. Este proceso es incipiente, pero está en desarrollo y en grado creciente. Los principios de la Reforma del siglo XVI continúan siendo columnas sólidas sobre las que construir un testimonio cristiano común y una respuesta concreta a la oración de Jesús por la unidad de su cuerpo.

 

 

Pablo Deiros
Doctor en Teología
Vice-Rector del Seminario Internacional Teológico Bautista (SITB) en Buenos Aires Argentina
Destacado maestro, conferencista internacional y escritor
Autor de más de 50 libros, uno de los pensadores evangélicos de mayor influencia en la actualidad
Docente de la Escuela de Estudios Interculturales del Seminario Teológico Fuller (Pasadena, California)
Cofundador y profesor del Programa Doctoral Latinoamericano (PRODOLA)
Casado y padre de tres hijos

 

 

 

Cordialmente es la expresión de PASTORESxlaGENTE que fiel a sus principios no procura fijar conceptos únicos, sino que busca expresar la diversidad en la pluralidad que caracteriza al movimiento evangélico.

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Categoria: BIBLIA, DEBATE, Edición 19 | CONVERSANDO LA REFORMA, Entrega 1, Teología

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