LA CONTRARREFORMA*

| 12 febrero, 2018

 

La historia del otro lado de la Reforma.

Heredero del Imperio Romano, conquistador de Europa, el catolicismo pasó paulatinamente de ser una religión a establecerse como el centro del poder. Rector de políticas y economías, sustentando o derribando reyes por medio de guerras o traiciones, generó teologías y doctrinas afines a sus objetivos, volviendo todo concepto imprescindible para el ejercicio de su dominación en “dogma sagrado”, indiscutible, intocable, que ponía en peligro de muerte a quien osara contradecirlo o ponerlo en tela de juicio.

Fundamentalista de sus intereses, justificó o condenó gente en forma inexplicable, gestando las peores aberraciones de torturas y genocidios, entre los cuales figuran los de pueblos que reclamaban su pertenencia a la Iglesia de Jesucristo, pero sin relación con Roma. Por medio de la fuerza sanguinaria, intentó establecerse –como pretende hasta hoy– como “la Iglesia única e indiscutible”, pretensión demolida por Dios, quien no ha cesado de levantar, a lo largo de la historia, pueblos que, guiados por el Espíritu Santo, autónomamente muestran su amor y libertad.

Poderosos movimientos, como los liderados por Juan Wyclieff (Inglaterra, 1320-1384), Juan Hus (República Checa, 1369-1415), Ulrico Zwinglio (Suiza, 1484-1531), Thomas Müntzer (Alemania, 1489-1525), Juan Calvino (Francia, 1509-1564), Juan Knox (Escocia, 1514-1572) o, llegando a nuestros días, el movimiento pentecostal de principio de siglo XX, desafiaron toda hegemonía. Ellos son prueba irrefutable de la libertad con que Dios nos ha criado.

El Concilio de Constanza (1414-1418) determinó censurar al fallecido Wyclieff y condenar a muerte a Juan Hus, quien fue ejecutado el 6 de julio de 1415. Antes de morir en la hoguera, dijo: “Vas a asar un ganso (“hus” significa “ganso” en checo), pero dentro de un siglo te encontrarás con un cisne que no podrás asar”. Así, profetizaba la llegada del mayor de los movimientos de reformadores, el liderado por Martín Lutero, que ciento dos años después, el 31 de octubre de 1517, clavaba las noventa y cinco tesis en la puerta de la Catedral de Wittemberg.

Paralelamente, en Florencia, una familia crecía en poder e influencia: los Medici.
Liderados por Juan de Medici, el primer banquero de la familia, fueron abarcando poder hasta transformarse en la cabeza de la república florentina en 1434. En su avance, lograron ascender hasta el Papado romano, virtual emperador del mundo occidental. Tres Medici fueron Papas durante el trascendental siglo XVI: León X, Clemente VII y León XI.

La Reforma, que producía cambios revolucionarios, se esparcía velozmente por Europa, generando esperanza en el pueblo y, al mismo tiempo, suma preocupación entre los ricos dominantes amparados por el catolicismo. Tal fue la tensión, que los Medici tomaron el control del cetro romano. No existe mensaje más elocuente: los banqueros asumieron el gobierno de la Iglesia.

La estrategia para vencer a los reformadores y así sostener los dogmas que garantizaban la esclavitud económica, pilar de sus riquezas, tuvo dos frentes muy claramente definidos: el arte y la violencia. Por un lado, se orientó el movimiento cultural del Renacimiento por medio del mecenazgo, llevando artistas ateos, agnósticos y en algunos casos con vidas lujuriosas, a ser quienes vistieron de arte sus opulentos templos, transformándolos en centros de atracción “turístico-religiosa”.

La otra medida surgió después del Concilio de Trento (1545-1563), en el cual se reafirmaron los principios opuestos a las tesis de Lutero: se decidió restablecer el Tribunal del Santo Oficio, más conocido como la Santa Inquisición. Ejércitos militares y religiosos subordinados a Roma, como el de la Compañía de Jesús, creado por el capitán del ejército español Ignacio de Loyola, los jesuitas, realizaron purgas de pensadores, científicos y artistas que no se sometían a los dictados papales, a la vez que matanzas y genocidios de aldeas enteras por haberse convertido al protestantismo.

 

POST SCRÍPTUM

Toda narrativa histórica tiene múltiples facetas –las cuales se tornan imposible ser abarcadas en una breve nota– e interpretaciones. Lo único que no entra en terreno de discusión son las evidencias fácticas.

Ante ellas y sus consecuencias, es prudente analizar nuestro presente y meditar sobre el rumbo que llevamos, el cual nos conduce hacia un futuro predecible, a menos que Dios intervenga a favor de nuestros proyectos o entorpeciendo los mismos.

Los siglos han pasado y mucho tenemos para analizar sobre el accionar de propios y extraños. Los “contextos cambiantes” se aceleran en este siglo XXI y demandan respuestas contundentes de nuestras posturas. La historia nos enseña que, religiosamente, todo es justificable, razón por la cual, el Señor confrontó con dureza a la casta clerical imperante en Israel. Éstos no dudaron en aprovechar una coyuntura política que trastornó el humor del pueblo decepcionado por Jesús al declinar ser rey de los judíos. Incentivada la turba, clamó por la crucifixión del Salvador.
Su misión era mucho más extensa y eterna. La batalla que enfrentó, mucho más grande y trascendente que oponerse al Imperio Romano e instaurar una liberación transitoria.

El alma se llena de preguntas al analizar estas realidades:
¿Anhelamos como Iglesia del Señor acceder al poder terrenal?
¿Deseamos implantar nuestras creencias, dogmas y costumbres por medio de la imposición legal o represiva?
¿Queremos acercar el reino de los cielos a cada necesitado, enfermo, perseguido, hambreado y dolido, o pretendemos bajarnos del burrito para proclamar el reino terrenal?

Podría seguir preguntando por largo rato, pero creo que como disparador es suficiente.
Es hora de replantearnos nuestra misión. Desarrollar el carácter firme para llevarla a cabo sin desvíos y sembrar una cultura de libertad que no avasalle a quienes son evangelizados.

Vivimos en días en los que mucho se habla de los “principios”, sin embargo, en forma personal, prefiero pensar, evaluar y discutir los “fines”. Muchos principios altruistas, santos, escrituralmente perfectos y doctrinalmente intachables, devienen en finales plagados de injusticias, dolores, hambre, enfermedades, guerras y matanzas.
Autoritarismos implantados a fuego y con el derramamiento de mucha sangre.
Los fines nunca deberían justificar los medios… aunque esta sea la lógica de nuestro tiempo.
Como dijo el Señor Jesús: “entre vosotros no será así”.

“Entonces los que se habían reunido le preguntaron, diciendo:
Señor, ¿restaurarás el reino a Israel en este tiempo?
Y les dijo: No os toca a vosotros saber los tiempos o las sazones, que el Padre puso en su sola potestad; pero recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y hasta lo último de la tierra.”
Hechos de los Apóstoles 1.6-8 RVR1960

*La Contrarreforma es un subtítulo del capítulo 7 del libro INVIERNO de Ediciones La Encina

 

Guillermo Prein
Pastor
Fundador del Centro Cristiano Nueva Vida

 

 

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Categoria: Biblia, BIBLIA, DEBATE, Edición 19 | CONVERSANDO LA REFORMA, entrega 5, TESTIMONIOS E HISTORIA

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