EL ELOGIO DE UN FRACASO

| 27 abril, 2018

 

Una postura anti-reformista.

Leyendo la nota que propicia este diálogo y las que hasta hoy la han sucedido, no puedo más que reafirmar mi postura anti-reformista y puramente cristiana primitiva.

Existe una tentación irrefrenable entre los hijos de la reforma luterana que me recuerda a la penumbra de los protagonistas de la apología platónica. No atinan a buscar la verdad más allá de las sombras proyectadas de su historia, e insisten en celebrar el fracaso. Usando como trampolín la famosa reforma a la que muchos incluso desconocen conceptualmente, se atribuyen el monopolio del cristianismo. La mayoría repite conceptos mal aprendidos, parciales y tendenciosos al tiempo que los más informados se reiteran en una grave ambigüedad. Con una mano vivan el “triunfo” luterano que los pone del lado de los “buenos, puros y castos” y con la otra garabatean intentos de justificar o amenizar la debacle que su rebelión causó en la iglesia y la actual crisis que vive su parcialidad, comparable a la corrupción católica romana que motivó su divorcio. Todo ello resulta como mínimo inexplicable.

No se puede de ningún modo pensar su frustrada reforma como un paso hacia delante cuando a todas luces constituye el origen del más grave desvío del plan divino y causa fundamental del trágico presente de la iglesia universal en su camino hacia la manifestación del Reino de Dios.

A la luz de esta realidad, de la historia universal y de la palabra de Dios, considero que no queda espacio para la celebración o reivindicación de la reforma, y dispondré de la manera más sólida y breve posible mis argumentos al respecto. Acotaré en demasía los fundamentos de mi crítica a riesgo de ser malentendido y quedo dispuesto en cuerpo y alma a un más profundo debate constructivo con quienes así lo aprecien.

Dicen que dicen: Para empezar condenaré el hecho de que la amplia mayoría de los que enarbolan las míticas 95 tesis de Lutero no las haya siquiera leído. Ignoran entonces que su contenido es claramente contradictorio con lo que ellos mismos representan, critican y condenan. Leerlas les revelaría que no hay en ellas una detallada crítica del error católico, ni una negación a la unidad de la iglesia cristiana de entonces, ni mucho menos una propuesta superadora. Si va a adherir a la defensa de la reforma, como mínimo, antes lea las tan afamadas tesis que le dan sustento.

95 veces 3 tesis: Las mal llamadas “95 tesis” no son en absoluto 95 tesis. Son sólo 3 temas que se expresan en 95 frases reiterativas y redundantes. En todo su desarrollo representan sólo una crítica a la grave cuestión de las bulas y el ansia recaudadora del papado, que se reitera y reitera y reitera hasta agotarse en obviedades. Pero no aborda otros problemas de la iglesia, ni niega la autoridad del Papa sobre “la iglesia cristiana”, lo cual prueba que no estuvo jamás en el espíritu inicial de Lutero el causar una división sino solo corregir los citados errores graves del Vaticano.

¿Cuáles valores de la reforma?: La nota introductoria propone “recuperar los valores que allí se formularon”, y me queda la duda de si se refiere a las premisas Sola Scriptura, Sola Gratia, Sola Fide, Solus Cristus y Soli Deo gloria que trabajosamente lograron entresacar de los escritos luteranos, o si se refiere a la validez de la autoridad papal, a la unidad de la iglesia o a la lucha por la santidad personal que también defiende y afirma el mismo Lutero en sus propuestas teológicas. No hay “valores de lar reforma”, sino en todo caso valores del cristianismo puro y simple, que la reforma recupera.

La personalidad del autor: Para entender la reforma es vital conocer a su autor y entender el contexto ontológico. Bien es sabido que Lutero era un monje culposo y afecto a las penitencias, siempre muy atento a las prácticas de una religión en la que había llegado a tener cierto prestigio. También fue famoso por sus contradicciones -vayan como ejemplo sus condenas al pueblo judío o a la filosofía-. A pesar de una vida de sacrificio y desconsolada búsqueda en santidad y servicio el monje agustino no se sentía perdonado por Dios. Es allí que encuentra en la declaración de la carta de Pablo -“por gracia sois salvos”- su alivio personal. Erran sus seguidores contemporáneos al deducir que lo nuevo prescindía de lo anterior en Lutero y olvidan que la “sola gratia” no nos exime de una vida en santidad.

No todo el que me dice Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos: El principio de la salvación sin méritos que la reforma adopto como uno de sus pilares, excluyó los actos cotidianos de los fieles reformados de su práctica cristiana. Sobre el fundamento de este error se construyó un pueblo tibio e imperfecto que reemplazó al poderoso ejercito de santos amantes del evangelio, llenos de amor y dispuestos a dar su vida por el reino, que era en el principio la iglesia. “Muéstrame tu fe sin obras que yo te mostraré mi fe por mis obras”. Generaciones de hombres y mujeres sin vocación de bien, que creen que sin amor, sin obras, sin conducta, sin verdad, sin misericordia, sin santidad… serán salvos de la ira cuando vuelva Cristo para poner de un lado a las ovejas y del otro lado a los cabritos.  

El condimento vital de la sangre: Mientras la fe cristiana se sustancia en el sacrificio de Cristo en la cruz, la fe de la reforma se alimenta y se nutre de la sangre inocente que se derramó en las luchas sociales de la época. Sólo la coyuntura socio-política y el aprovechamiento de la oportunidad por parte del poder germánico para debilitar económicamente a Roma permitieron el éxito de los rebeldes. La revuelta de los campesinos era ahogada con sangre mientras la bien financiada imprenta de Gutemberg llevaba a toda Europa las máximas luteranas. Y Lutero -incentivado por el poder y por la curia alemana que ahora olía riquezas- reclamaba por el defecto romano pero callaba ante las muertes e injusticias que cometían sus mecenas.

El primer fracaso de Lutero: Luego de los largos meses del falso secuestro en Wartbung –donde fue escondido por el emperador Federico para salvar su vida- Lutero decide regresar a la vida social. ¿Lo hace movido por la derrota de Roma? No. ¿Lo hace empujado por el ansia de alimentar a sus fieles discípulos de la creciente “iglesia” reformada? No. Lo hace porque ya entonces la reforma había demostrado su fracaso. El odio de los que se consideraban justos y veraces agredía y violentaba a los partidarios de la otra parcialidad, germen al que Lutero con sus mejores intenciones no pudo matar y fue el gran motor protestante hasta nuestros días.

Todo reino dividido contra sí mismo, es asolado; y una casa dividida contra sí misma, se cae: Estas palabras de Jesús han sido ignoradas durante 500 años y la realidad demuestra que ya es hora de priorizar el pensamiento de Dios al de cualquiera de sus hombres. Es una quimera hablar de la unificación de la iglesia cuando durante 500 años muchos líderes protestantes y evangélicos se han ocupado más de condenar a los católicos -a quienes no consideran sus hermanos- que de salvar a los perdidos, a los verdaderamente perdidos, a los que no conocen a Cristo. El resultado se ve hoy de manera plasmaría en sus congregaciones, en las expresiones públicas de sus fieles y en la misma condena de los propios cuando se huele “ecumenismo”. Pocos atinan a recordar la oración de Jesús antes de morir, cuando pudiendo pedirle al Padre cualquier cosa le dijo: “te pido por estos (sus discípulos) y por los que han de creer por la palabra de estos (nosotros). Te pido que sean uno para que el mundo crea que tu me enviaste”. Pero tristemente muchos son más importantes y vigentes las relativas intenciones de Lutero que el deseo claro y firme de Jesús.

La única solución posible al problema causado por Roma y por la Reforma: Hay un sólo problema, no dos, no cientos, no miles. No es la corrupta iglesia católica romana y no es la vergonzosa multiplicación de denominaciones protestantes. No es el Papa que predica humildad y vive de los negocios millonarios del Vaticano, y no son los pastores millonarios con iglesias pobres sometidas con sus fábulas. No es la autoridad vertical de Roma ni es la acefalía entre los protestantes. No es la corrupción reinante, no es la avaricia reinante, no es la falta de amor reinante… No. Todo eso es religión, no iglesia. Todo eso es pasado y tiende a desaparecer.

El problema es Usted. El problema soy yo. El problema es Claudio, María, Susana, Héctor, Andrea, Pablo… el problema es Guillermo. Porque lamento decirle que hay algo importante que Lutero no dijo: la salvación no es social, no es comunitaria, no es grupal. La salvación es personal, individual y solo suya. Indelegable, intransferible, irrenunciable. O usted es miembro del gran cuerpo de Cristo constituido por quienes en todo el mundo son verdaderos hijos suyos -conviviendo dentro de alguna denominación cristiana o llevando en soledad los valores del verdadero cristianismo- o usted es un farsante, un hipócrita, un usurpador de nombre y cargo.

La Iglesia es una sola. La iglesia no es católica, ni protestante, ni evangélica, ni bautista ni luterana ni ortodoxa. La ekklesia -los llamados fuera- somos el minoritario remanente de los que cada día, contra el viento y marea de la religión, somos capaces de amar antes que de juzgar, de abrazar antes que de condenar, de compartir antes que de acumular, de salir antes que de encerrarnos, de ir antes que esperar que vengan, de unir antes que de separar. Recuerde el ejemplo excluyente de los apóstoles, de los primeros hijos de la iglesia, de aquellos buenos pastores que se sentían uno a pesar de sus matices, de esos que exigían la presencia del Espíritu Santo aún a los que servían las mesas. Todos miembros de un pueblo -no de una religión- que sabía hacia dónde iba y por eso compartía sus bienes y no había entre ellos necesidad.

Si le preocupa el error ajeno dedíquese el resto de la vida a atender la viga en su propio ojo y ya no tendrá tiempo para juicios. Si de verdad nos indigna la tibieza, la corrupción, la idolatría, la liturgia, la falsedad, la riqueza o la pobreza de los otros, volvamos a encerrarnos en el aposento alto junto a nuestros hermanos y volvamos a esperar la presencia del Espíritu Santo para rebozar de amor, de fe, de poder… y el Espíritu de verdad nos guiará a toda verdad. Volvamos a poner el fundamento en Cristo y recordémoslo diciendo: “El que esté sin pecado que arroje la primera piedra”.

¿Aún quieren hablar de ecumenismo? Les propongo una mejor solución. Bajemos los carteles de sus templos, eliminemos las denominaciones, pidámonos perdón unos a otros, unámonos en el mensaje del Evangelio del Reino de Dios, dejemos la discusión estéril acerca de la doctrina -cosas de las que ni los ángeles debaten- y que la religión acabe de morir mientras la iglesia verdadera camina hacia el encuentro con su Salvador. Ese día está llegando inexorablemente. Usted decide de qué lado va a encontrarlo Cristo.

 

 

 

Guillermo Dowyer
Publicista, productor de TV, filósofo, cristiano.
Misionero del Movimiento Cristiano Revolucionario, que trabaja para la unificación del pueblo de Jesucristo y mediante Misión América, recorriendo el continente y luchando por la visibilización, el desarrollo y la inclusión de los hermanos y hermanas que sufren en nuestra América Latina.

 

 

 

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Categoria: Biblia, BIBLIA, DEBATE, Edición 19 | CONVERSANDO LA REFORMA, entrega 9

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