EL GÉNERO APOCALÍPTICO (parte 1)

| 15 mayo, 2018

 

Cualquier persona, hasta un pre-adolescente, que toma en sus manos un diccionario sabe de antemano que ese libro tiene que leerse de una manera especial, muy diferente a la manera en que uno leería una novela, un texto de química, un poemario o un refranero. Pero si toma en sus manos después una guía telefónica, va a entender que ese texto sí se lee de una forma básicamente similar al diccionario: buscando información muy específica organizada en forma alfabética. La única diferencia es que en el diccionario uno está buscando definiciones de palabras, y en el directorio telefónico buscando los números de línea que corresponden a cada nombre.

Con sólo abrir un diccionario o una guía telefónica, el lector común está practicando el “análisis de género”. Por “género” entendemos la categoría literaria a que pertenece determinado escrito, el tipo de escrito que es y la forma en que debe leerse.

Antes de leer cualquier texto, es absolutamente fundamental saber a qué “género literario” pertenece. Leer el diccionario como si fuera una novela, por ejemplo, sería un esfuerzo no poco frustrante; leer un texto de química como si fuera una novela amorosa no excitaría para nada la química de la adrenalina romántica. Un texto de historia y una novela histórica se parecen mucho, y ambos pertenecen a la categoría narrativa, pero tienen diferencias esenciales por las que tienen que leerse de manera distinta.

En la vida diaria entendemos casi intiuitivamente qué tipo de escrito es cada texto, y lo leemos conforme a las reglas de ese género literario, pero en la lectura de la Biblia se suele confundir frecuentemente este asunto y leer muchos escritos conforme al género que no son. Por ejemplo, casi siempre se olvidan que la mayor parte de la literatura profética hebrea está escrita en verso, no en prosa. Se lee Cantares como si fuera una alegoría de la iglesia y no un drama romántico. A muchos lectores se les escapa la lógica especial de Eclesiastés como un tratado teológico-filosófico que expone una filosofía tras otra y las refuta una por una. Los evangelios se leen como si fueran biografías en vez de escritos testimoniales de las buenas nuevas. Al leer las epístolas se olvida que son cartas personales ocasionales y no ensayos abstractos de teología. Y el peor de los casos: se lee el Apocalipsis como si fuera mero vaticinio, páginas de historia escritas de antemano, en vez de palabra profética del Dios del cielo.

Unas definiciones básicas: Un entendimiento claro y preciso de ciertos términos claves es indispensable para poder comprender acertadamente la literatura apocalíptica, y concretamente el Apocalisis de Juan. Entender mal estos conceptos resultará casi inevitablemente en interpretaciones erradas y hasta morbosas de esos escritos.

El primer término, casi siempre malentendido, es la palabra profecía. En el lenguaje popular hoy, y aun casi universalmente entre cristianos que conocen algo de Biblia, lo profético se entiende como lo que predice el futuro y profecía se toma como un sinónimo de vaticinio o predicción de cosas venideras, especialmente cuando remotas o al final de la historia. En realidad, este es el concepto pagano de los antiguos oráculos o de autores como Nostradamus. Los que comienzan con este malentendido de lo que es la profecía, terminarán malinterpretando también a los escritos apocalípticos.

La primera persona descrita como “profeta” en la Biblia fue Abraham (Gén 20:7), y la figura fundante del profetismo era Moisés (Dt 18:15-22; cf su hermana María, profetisa, Ex 15:20). Sin embargo, hasta donde sabemos del texto bíblico, ninguno de ellos predijo cosas futuras. Tampoco los profetas tempranos (orales), como Samuel, Elías y Eliseo, se dedicaban a anunciar sucesos futuros, pero no por eso eran menos proféticos (Stam 1998: 26-50). Los profetas que nos han dejado escritos, tanto los llamados mayores como los menores, anunciaban realidades venideras sólo cuando tenían que ver con su mensaje al pueblo de Dios en su propio contexto, pero no se dedicaban principalmente a eso ni eran profetas por predecir ni dejaban de ser profetas cuando no predecían. Amós, por ejemplo, no predijo cosas futuras, excepto tan cercanas que se podrían inferir de las realidades históricas y de las condiciones del pacto, pero su ministerio era un ejemplo del mejor profetismo, porque pronunció una palabra viva y exigente de Yahvé para su pueblo.

Un mensaje es profético, en sentido bíblico, por su cáracter teológico y ético, no por predecir el futuro. Cuando en medio de su revelación a su pueblo Dios ha querido revelar también acontecimientos venideros, eso debe llamarse específicamente “profecía predictiva”. Pero no toda profecía es predicitiva, ni mucho menos, ni tampoco toda predicción (aun cuando se cumpliera) es por ende “profecía”. Predictiva o no predictiva, la profecía tiene que llamar al pueblo de Dios a que cumpla la voluntad de su Señor en medio de la realidad histórica.

Un segúndo término clave es escatología, “la doctrina de las cosas últimas” (Griego ésjaton). La frase “cosas últimas” no tiene que referirse exclusivamente a los acontecimentos finales en sentido cronológico, sino también a las “últimas realidades” que entran en la historia desde arriba, como por ejemplo, la encarnación del Verbo (la realidad última haciéndose temporal y material) y otras intervenciones divinas en la historia de la salvación. Pero mayormente se entiende por “escatología” las ensanzas bíblicas sobre la meta final del proceso histórico (“el siglo venidero”, “el día del Señor”; la parousía del Hijo del Hombre). Como explicaremos abajo, hay diferencias importantes entre escatología profética y escatología apocalíptica.

 

 

 

Juan Stam
Misionero en Costa Rica por más de 45 años.
Doctor en Teología por la Universidad de Basilea, Suiza.
Profesor, por muchos años, del Seminario Bíblico Latinoamericano.
Escritor, autor de varios libros y artículos.

 

 

 

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