EL GÉNERO APOCALÍPTICO (parte 4)

| 27 junio, 2018

Lo que pasa arriba pronto pasará aquí abajo.
En la lucha entre los poderes celestiales del bien y del mal, no existe campo neutral; o estamos con Dios o estamos con el diablo.

Generalmente se atribuye a la literatura apocalíptica un dualismo, aunque es importante aclarar que es un dualismo ético (lucha entre el bien y el mal) y no metafísico (creencia en dos realidades últimas). Como ellos buscaban hallar esperanza o en lo trascendental (arriba; el cielo) o en lo escatológico (adelante, después de la intervnención divina final), estaban convencidos de que la realidad definitiva estaba en el cielo y no en la tierra (cf. Apoc 4-5). Al vidente se le permite saber lo que pasa en el cielo, y lo celestial determina lo terrestre e histórico. Lo que pasa arriba pronto pasará aquí abajo. Esto explica el gran énfasis en los viajes celestiales y en el papel de los ángeles. En la lucha entre los poderes celestiales del bien y del mal, no existe campo neutral; o estamos con Dios o estamos con el diablo. Negar al Señor significa pasar a las filas del mal. Nuestras opciones en esta lucha cósmica se medirán finalmente en juicios divinos.

Es importante destactar que las más de las veces los autores apocalípticos estaban intentando una escatología contextualizada, según entendían ellos la coyuntura histórica de su momento. La diferencia entre el género profético y el apocalíptico se debía precisamente a las nuevas circunstancias nacionales (helenización después de Alejandro Magno; los macabeos, la ocupación romana). Ya que escribían bajo el nombre de algún personaje antiguo, a veces comentaban sucesos contemporáneos como si fuesen sucesos bíblicos. Por ejemplo, Testamento de Judá 3-7 describe las guerras macabeas como una batalla de Judá y Dan (bajo el seudónimo de “amoritas”) que luchan contra los “cananeos” (Charlesworth 1996:895). Diversos escritos interpretan la destrucción de Jerusalén por Tito como si fuera la de Nabucodonosor (4 Esdras, 2 Baruc).

Muchos de los escritos apocalípticos, a pesar de su supuesto dualismo, muestran una viva conciencia histórica. André Paul encuentra en estos autores “una auténtica ciencia de la historia” (1979:49,51). En vez de ver la historia sólo como una serie de acontecimientos aislados, señala Paul, la ven como una totalidad. A menudo ofrecen resúmenes históricos, con su correspondiente periodización. Ven el sentido de todo el proceso en su meta final, que suele ser un acto divino que restaura toda la creación (cf. el “punto Omega” de Teilhard de Chardin). A menudo es literatura de protesta, para tiempos de desesperanza. El mismo Apocalipsis de Juan, leído con un análisis histórico y socio-económico, enfoca una profunda teología de la historia y nos da uno de los análisis más profundos y críticos que tenemos del imperio romano a finales del primer siglo (Stam 1978/1979).

A menudo, aunque no siempre, los autores apocalípticos aplicaban su mensaje también en exigencias éticas, a veces también de compromiso histórico. Insistían en la piedad, la santidad y la justicia, especialmente ante las perspectivas del juicio divino. En 1 Enoc 101-104 y 2 Enoc 39-66, por ejemplo, Enoc vuelve del cielo para instruir y exhortar a sus hijos a practicar lo recto y lo justo. En el Testamento de los doce patriarcas, cada uno de los hijos de Jacob insta a sus propios hijos a cumplir la ley de Dios y arrepentirse de sus malos caminos (cf. 4 Esd 7:48-49).

George Ladd (1960:52-54) y otros analizan dos tendencias en la literatura apocalíptica: (1) la apocalíptica no-profética, que pretende escapar de la historia para refugiarse en el mundo venidero y (2) la apocalíptica profética, que insta a la fidelidad histórica a la luz del futuro escatológico, y cuyo representante más brillante es el último libro de nuestro Nuevo Testamento. Por eso, es un grave error usar el término “apocalíptico” como sinónimo de catastrófico y trágico (un terremoto u otro desastre). Lejos de cualquier entrega a la desesperación, el Apocalipsis de Juan es un llamado a la tenacidad (hupomonê, 1:9) y la fidelidad hasta las últimas consecuencias, seguros de que Jesucristo es el Señor.

Unas claves para entender mejor la literatura apocalíptica: Ya hemos insistido en que cada género literario tiene que ser leído e interpretado de acuerdo con sus propias reglas. El no entender eso, y el desconocer la literatura apocalíptica judía y su manera de pensar, ha sido la mayor causa de dificultades y confusiones en la interpretación del Apocalipsis de Juan. Aquí queremos mencionar, muy brevemente, algunas de las pautas y reglas de interpretación que nos enseña la literatura apocalíptica, para poder interpretar mejor el último libro de nuestra Biblia.

(1) Es importante tomar en cuenta que los escritos apocalípticos son literatura de la imaginación. No apelan en primer término al raciocinio lógico sino al don de la fantasía. Por eso tenemos que acercarnos a ellos dispuestos a ponernos a imaginar junto con sus autores todo un mundo simbólico que las más de las veces se apartará del mundo “real” que conocemos cotidianamente, para introducirnos a realidades más profundas que el frío análisis intelectual es incapaz de percibir.

Para la mayoría de los adultos hoy, y de los cristianos en particular, los vastos continentes del mundo de la imaginación suelen ser terra incognita. Por eso estamos mucho más cómodos con Romanos o Marcos, con Salmos o aun con Amós, que con el Apocalipsis. Nos ayudaría considerablemente, como preparación para los escritos apocalípticos, dedicarnos a leer extensamente la literatura latinoamericana, con su realismo mágico, y contemplar el arte de Guayasamín y Picasso, Salvador Dalí y Frida Kahlo, Jerónimo Bosch, William Blake y El Greco.

(2) La literatura apocalíptica, y específicamente el Apocalipsis de Juan, apela directamente a los sentidos de percepción física. Nos llama a escuchar trompetas, truenos, arpas y coros; a ver cuadros pintados por palabras (es toda una galería de pinturas); a olfatear incienso y azufre y a saborear un rollo agridulce. Para leer a Romanos o a Marcos, no tengo que activar mis sentidos de oído, vista, olfato, gusto y tacto, pero si leo el Apocalipsis sin esos sentidos, se me va a escapar la mayor parte de su mensaje. Por eso, más que sólo explicar este libro, se trata de vivirlo, de experimentar personalmente sus emociones y su drama. Eso debe ser la manera primordial de interpretarlo.

(3) Ya que la literatura apocalíptica suele ser contextual, y a menudo literatura de protesta, es absolutamente indispensable interpretarla en constante relación directa con su contexto histórico original, y desde ahí, con nuestro actual contexto histórico. Todos conocemos el refrán, “el texto sin el contexo es un pretexto”, y en general se suele aplicar más o menos bien con otros libros como Romanos o Marcos. Pero precisamente donde el contexto es mucho más crucial, con el Apocalipsis, se olvida el contexto histórico y se trata de interpretarlo como un libro de vaticinios en el aire, descontextualizado tanto ayer como hoy, con su única referencia en un futuro remoto y desconocido. El resultado, como señala Hanson, es el seudoapocalipticismo.

(4) En la literatura apocalíptica, las más de las veces el mensaje central viene en visiones o sueños. Nos toca activar la imaginación y lograr ver esa visión, asimilando sus diversos detalles en un solo cuadro coherente e integral. Entonces debemos buscar el mensaje en el cuadro total. Las palabras del Apocalipsis van pintando cuadros, y los cuadros hablan, como si fueran pinturas en una galería. Si tratamos de convertir cada detalle en alguna realidad literal, antes de ver y sentir el cuadro total, habremos dismembrado el cuadro y emasculado su fuerza visual y dramática. En las imágenes simbólicas del Apocalipsis, es perfectamente posible que un solo detalle tenga dos significados distintos (las siete cabezas son siete montes, y son siete reyes, 17:9-10) e igualmente posible que algún detalle no tenga ningún referente externo sino que sea simplemente un detalle pictórico del cuadro.

(5) Por su propio género literario y por los muchos siglos que han pasado, los libros apocalípticos (incluso el de Juan) iuncluyen detalles que ahora no podemos descodificar, porque hemos perdido las claves de interpretación. Eso no debe sorprendernos, ya que se trata de escritos con códigos mucho más sutiles (algo así como nuestras caricaturas políticas o como los chistes) que en aquel entonces los lectores entendían pero que hoy no son siempre explicables. Sin embargo, lo impresionante del Apocalipsis de Juan es que a pesar de esos detalles (las espinas del pescado), no hay ni un solo pasaje cuyo sentido no esté al alcance del lector moderno. Esos detalles nos asustan y nos distraen, pero casi siempre podemos entender el párrafo sin ellos. Por eso tenemos que buscar el mensaje central de cada pasaje, tratando de captar lo que el autor decía a sus comunidades a finales del primer siglo. Debemos recordar que Juan era un pastor y se preocupaba por comunicarse con las necesidades de su pueblo. No les iba a hablar enigmas oscuras que sólo les confundiría.

Una vez que hayamos enfocado el mensaje central de pasaje (no sólo el sentido de un solo detalle o de un solo versículo), debemos preguntarnos sobre el sentido de ese mensaje para nosotros hoy. En eso también debemos proceder, no tanto de los detalles por separados, sino del mensaje en su conjunto, a ver que nos dice hoy. La acutalización contexutalizada consistirá en buscar el mensaje del mensaje, lo que aquel mensaje antiguo nos puede decir hoy. Por ejemplo, para interpretar al Apocalipsis 13, no nos dejaremos perder en especulaciones sobre “666” sino buscaremos entender primero el mensaje de Juan, lo que está diciendo a las iglesias sobre el poder político (la primera bestia), religioso (el falso profeta) y económico (bloqueo comercial, 13:17), y después analizaremos nuestro contexto hoy para ver donde aparecen parecidas estructuras de poder. Al analizar los “siete colinas” de 17:9, veremos que es una clara referencia a la ciudad de Roma, por su apodo más conocido, y entenderemos ese detalle en el contexto del mensaje global de Juan sobre el poder imperial. Entonces para actualizarlo, no pregutaremos primordialmente cuales ciudades hoy están sobre siete colinas (actualización de un detalle), sino preguntaremos cuáles gobiernos y sistemas reproducen hoy los modelos de la antigua Babilonia (Roma), lo que nos dará “el mensaje del mensaje”.

(6) Es importante recordar que las visiones no son necesariamente literales. Su forma narrativa y sus detalles dramáticas fácilmente dan la impresión de que las cosas van a pasar exáctamente como se describen. Pero ya hemos visto que la literatura apocalíptica utiliza esencialmente el lenguaje simbólico. Mientras otros géneros priorizan el lenguaje literal, en este género la primera sospecha es que sea simbólico al menos que otras razones indican lo contrario. En el Apocalipsis de Juan, muchos pasajes deben entenderse simbólicamente aunque no traigan lenguaje comparativo (“como”, “parecía”, etc). En 19:11-15, Juan dice que apareció un caballo en el cielo y Cristo vino montado a caballo, sin nada de términos de comparación, pero es obviamente simbólico (la segunda venida no será a caballo).

Dos obstáculos dificultan hoy nuestra buena comprensión del lenguaje simbólico del Apocalipsis. Primero, nuestra mentalidad moderna y occidental tiende a ser muy literalista. Segundo, por el gran respeto que tenemos hacia la Bibla y por creer en su inspiración divina, asumimos equivocadamente que somos más piadosos, o expresamos mayor fe, cuando tomamos las cosas al pie de la letra. !Pero al contrario! Respetamos más al texto cuando lo entendemos como es, y como simbólico las muchas veces que su sentido original es simbólico. (Jesucristo es el Cordero de Dios, pero no tiene cuatro patas, cuernos y lana). Eso no es negar el sentido del texto sino serle fiel. Pasajes como 17:9-10 y 19:11-15 muestran que Juan mismo estaba plenamente consciente de estar hablando con lenguaje simbólico.

Por supuesto, hay muchas enseñazas en el Apocalipsis que no son simbólicas y no deben alegorizarse. Se trata de determinar fielemente el sentido y el mensaje de cada pasaje. Pero debemos liberarnos del prejuicio equivocado, y de hecho anti-bíblico, de que la interpretación literal merece alguna preferencia a priori o que revela más piedad o más fe. De hecho, grupos como los mormones y los testigos de Jehová son mucho más literalistas que el fundamentalista más recalcitrante. La meta en la interpretación bíblica, y del Apocalipsis, es ser fiel al mensaje revelado, sea de sentido literal o sea de sentido simbólico.

(7) Puede sorprender a algunos darse cuenta también que las visiones no son necesariamente predictivas. En los relatos de visiones, los verbos suelen aparecer en tiempo pasado, no futuro, porque se refieren al momento en que el autor apocalíptico había recibido la visión. Generalmente hay poco o nada en el relato para indicar que esté anunciando algo que vaya a pasar en el futuro. Muchas visiones en el Apocalipsis simplemente describen verdades espirituales sin pretender predecir sucesos futuros. La visión del hijo de hombre (Apoc 1), del trono y el Cordero (Apoc 4-5) y de la media hora de silencio (8:1-4), no deben entenderse como predicciones de futuros acontecimientos. Si el lector opta por interpretar las visiones de las trompetas y las copas como vaticinios de sucesos futuros específicos, eso es decisión de ese intérprete a menos que demuestre del mismo texto que la visión tuviera una intención predictiva.

Un ejemplo dramático de este hecho es la interpretación del “666” de Apocalipsis 13:16-18. Casi todo el mundo cree que esto anuncia una futura acción de la bestia (que ellos identifican con el Anticristo) al final de la historia. Sin embargo, Juan claramente identifica a la bestia con el imperio romano de su propia época (17:9-11), y en 13:16 los verbos son pasados (“puso a todos una marca”) sin nada que indique que se refiere necesariamente a una acción futura. Es más coherente, en este caso, entenderlo como una descripción en visión del poder económico del falso profeta (probablemente el Sumo Sacerdote del emperador en su templo en Efeso) o simplemente una descripción general de la estrangulación económica de sistemas imperialistas. Eso estaría más de acuerdo con el género literario apocalíptico y con los datos del pasaje, y sería un mensaje pastoral y práctico para sus comunidades.


Juan Stam
Misionero en Costa Rica por más de 45 años.
Doctor en Teología por la Universidad de Basilea, Suiza.
Profesor, por muchos años, del Seminario Bíblico Latinoamericano.
Escritor, autor de varios libros y artículos.

 

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Categoria: BIBLIA, Edición 20 | ES HORA DE QUITAR EL VELO, entrega 5

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