CÓMO LA SOCIEDAD VE A LA IGLESIA EVANGÉLICA

| 7 septiembre, 2020 | Responder

Un análisis técnico de cómo la sociedad percibe a la Iglesia Evangélica en general.

La iglesia como institución viene a un cumplir un rol, una función social sumamente importante. Es uno de los eslabones de la imbricada cadena social de conectividad y nos dota de un marco regulador y orientador para la construcción de pautas sociales. Bourdieu & Wacquant lo asimilan a uno de los campos de la esfera social: “puede ser definido como una red o una configuración de relaciones objetivas entre posiciones” (2008, p.134. Precisamos: “un campo es una esfera de la vida social que se ha ido autonomizado progresivamente a través de la historia en torno a cierto tipo de relaciones sociales, de intereses y de recursos propios, diferentes a los de otros campos” (Giménez, 1997, p.14). En este contexto, la iglesia es pasible de ser observada, analizada y evaluada por la sociedad.

Cabe advertir que si bien tendemos a asimilar a las instituciones a construcciones rígidas máxime cuando se trata de la iglesia, en realidad son constructos sociales dinámicos en los cuales “lo instituyente y lo instituido se constituyen en el mismo proceso. No son realidades completamente separadas, opuestas, ni momentos que se suceden en términos armónicos, menos aún necesarias. Se trata de dos tipos de actividad social que se construyen de manera simultánea, recíproca, agonística” (Algranti & Mosqueira, 2019, p.47). Asimismo, como construcción social la iglesia se nutre de la mirada y perspectiva de los exógenos a ella y haría bien en tratar de entender sus disímiles miradas, para sin salir de su foco central, monitorear su nivel de pertinencia, eficacia e influencia social.

A estos fines las encuestas, como cualquier otro procedimiento de investigación social se aplican a un trabajo de campo y permiten conocer la opinión de las personas respecto de determinados temas, en el caso que nos toca, las instituciones. Si vamos a la Segunda Encuesta Nacional sobre Creencias y Actitudes Religiosas en Argentina, realizada por el Ceil-Conicet y presentada durante el 2019. Observaremos que la iglesia evangélica (como colectivo) no goza de niveles razonables de confianza por parte de la sociedad. Sobre una base representativa de 2.421 casos, y teniendo en cuenta que 1 punto representa total desconfianza y 10 puntos total confianza; la iglesia evangélica obtiene 4,2 puntos, para hacerlo más lineal, solo 4 de cada 10 personas confía en la iglesia, cuando por ejemplo, casi 8 de cada 10 personas sí confía en las universidades.

Si bien respecto de la Primera Encuesta Nacional sobre Creencias y Actitudes Religiosas en Argentina del 2008 hubo un muy leve ascenso en los niveles de confianza, dado que para aquel entonces solo obteníamos unos 3,8 puntos y en el 2019 unos 4,2 puntos. Los niveles siguen estando por debajo de la media. Esto se robustece, sin entrar en detalles, cuando también se observa que 6 de cada 10

personas se relacionan con Dios a su manera o sin intervención institucional, esto es, básicamente las personas no tienen problemas con Dios sino con la iglesia (particularmente sus representantes) a la hora de depositar su confianza o acercarse a ella.

Lo dicho amerita algunos comentarios generales, en primer lugar decir que más allá de la importante capilaridad que tienen las iglesias evangélicas en los barrios populares y en todos los cordones urbanos de nuestro país, no solo con presencia espiritual sino también asistencial en sus múltiples formas (comedores, desayunadores, geriátricos, hogares de recuperación de adicciones, hogares para madres solteras, entre otros), evidentemente no llegamos a lograr niveles de confianza razonables de cara al conjunto de la sociedad. Si bien siempre puede haber miradas sesgadas, es dable decir que evidentemente lo que la gente percibe es un mensaje disonante respecto de lo que decimos y lo que hacemos al momento de aceptar a las personas tal como vienen, y todo lo que se realiza no llega a nivelar tal percepción.

En segundo lugar, señalar, que debemos empezar a incorporar la realidad de que estamos atravesados por la hipermodernidad, la gente no necesariamente reconoce a las instituciones, salvo excepciones, y esto obedece a un cambio de paradigmas y una particular centralidad del individuo en medio de ella. Entender adicionalmente que la gente no necesariamente desarrollará su fe bajo nuestros parámetros institucionales, sino que la construye de manera multidimensional y gran parte del acervo de su fe escapa al control de las instituciones religiosas, incluso las evangélicas.

En este punto cobra significancia el concepto de “religión vivida” (Orsi, 2005), reconocer que nos encontramos en medio de una época en la cual la espiritualidad es autogerenciada, o dirán algunos a la carta (1), lo que yo he denominado “creyentes de autogestión”, que no necesitan necesariamente la intervención del ministro o pastor, una compleja trama de construcción espiritual y de relacionamiento con Dios independientemente de lo que se enseñe institucionalmente. La religión que gira a lo cotidiano, no solo en una red de significados, sino de relaciones, en la cual importan las creencias, pero también importan las prácticas, las vivencias acumuladas, las percepciones, las relaciones y la experiencia.

Finalmente decir, que la institución se construye sobre la base de la interacción afanosa de cada uno de sus integrantes en un mismo plano de igualdad aunque sin duda con distintos niveles de responsabilidad conforme los dones y ministerios. La dicotomía clero-laico ha sido devastadora a la hora de la construcción de la percepción y la confianza. Como sucede siempre el poder aleja a las personas de la realidad (lo hace con los políticos, los sindicalistas, los religiosos, los jueces y así podemos seguir enumerando). El encerrarnos en nuestra propia cultura (evangélica) pretendiendo que todos la entiende nos vuelve inentendibles y lo no conocido o inentendible, aunque se aprecie en líneas generales, produce desconfianza.

Quizás sea el momento de comenzar a mostrar y vivir a Jesús en su propia simpleza la cual está por encima de las instituciones y es de hecho, cabeza de la iglesia.

Mostrar su amor y misericordia como método eficiente de acercamiento, solo el amor traspasa barreras y los prejuicios.

(1) Otras formas de decirlo: “religión invisible” (Luckmann, 1973); “la revancha de Dios” (Pierucci, 1978); “bricolaje religioso” (Luckmann, 1979); “espiritualismo de evasión” (Documento de Puebla, 1979); “religión emocional”, “diseminada”, “de bienestar” “cesta de creencias” (Mardones, 1996); “cuentapropismo religioso” (Mallimaci, 1999); “religión difusa” (Herviue-Léger, 2005); “dios personal” (Beck 2009); “religión a la carta – self service religioso- (Lenoir, 2005); “fe sin creencias” (Corbí, 2007); “religión emocional” (Mallimaci, 2008); “religión de dios personal” (Beck, 2009), entre otras.

Bibliografía:
Algranti, J. & Mosqueira, M. (2019). La institución como proceso. Configuraciones de lo religioso en las sociedades contemporáneas. Editorial Biblos. Buenos Aires.
Bourdieu, P. & Wcquant, L. (2008). Una invitación a la sociología reflexiva. Siglo XXI Editores. Buenos Aires.
Giménez, G. (1998). La sociología de Pierre Bourdie. Instituto de Investigaciones Sociales de la Universidad Nacional Autónoma de México. Ciudad de México.

Pablo Marzilli
Pastor de la Iglesia Bautista Vida y Restauración de Ramos Mejía, Buenos Aires Licenciado en Ministerio por el Seminario Internacional Teológico Bautista Abogado (Universidad de Buenos Aires)
Máster en Sociología (Universidad Católica Argentina)
Doctor en Sociología (Universidad Católica Argentina)

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Categoria: Edición 22 | NUESTRA AMÉRICA: CATACLISMOS Y ESPERANZAS, entrega 7, SOCIEDAD, Sociología

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