EL ECUMENISMO COMO CONVERSIÓN

| 7 septiembre, 2020 | Responder

Camino de esperanza y compromiso.

Estos días de pandemia donde sentimos más a flor de piel la incertidumbre y los cambios me recordaron una experiencia de conversión que me ayudó a enfrentar con esperanza aquel momento y el actual.

Pensaba en estos días los puntos de encuentro y las grandes diferencias de este tiempo con el año 2002 en Uruguay y Argentina, con una crisis social grave, niños y niñas muriendo de hambre, ocupaciones de los centros de estudios, represión policial, huelgas, nuestra aula estaba especialmente en la calle y el trabajo de los estudiantes universitarios estaba en los barrios.
La pobreza y la falta de horizontes era algo propio, varias de mis amigas eran estudiantes del interior, con la plata justa para la comida, estábamos involucrados en huertas comunitarias, educación popular, recreación, ollas populares y apoyando procesos de organización de los vecinos de los asentamientos. Estudiábamos en salones que se llovían para una carrera que no tenía mucha salida laboral con aquel gobierno de turno.
Mis horizontes de esperanza tenían una dimensión parroquial, como maestro de escuela dominical, líder de adolescentes, trabajaba con niños y niñas del barrio, me reunía con los vecinos del asentamiento y estudiaba trabajo social. Mi fe era bastante aterrizada, pero carecía de una dimensión más global, con una mirada política y una reflexión teológica sobre lo que estaba viviendo o sucediendo en mi país y la región.

En enero del 2003, trabajaba y estudiaba, invertí mis ahorros para ir al 2° Foro Social Mundial (FSM) en Porto Alegre, había viajado con mis compañeras/os del Centro de Estudiantes de la Facultad de Ciencias Sociales (CECSO), en cinco buses repletos de militantes estudiantiles de las diferentes facultades.

El primer lugar que me ayudó a ver más allá, fue un lugar tan “profano” como este foro, al que viaje como militante estudiantil, allí me encontré mezclado con el movimiento social global y descubrí al movimiento ecuménico. Recuerdo como hoy ese taller, donde se planteaba la posibilidad de construir alternativas a la globalización neoliberal desde una fe cristiana comprometida con el pueblo latinoamericano.

Nunca antes había conocido semejante afirmación de la boca de un “religioso”, allí conocí a otros jóvenes con inquietudes similares y descubrí que los sueños de muchos de los miles que estaban en ese Foro que planteaba “Otro mundo es posible”, estaban nutridos de una espiritualidad evangélica, de buenas noticias de liberación.

Un escenario al aire libre y un estadio cerrado nucleaba a miles, alternaron, profetas laicos que denunciaban las injusticias del sistema y la deuda externa como Noham Chomsky y Eduardo Galeano, con teólogos como Frei Betto y Leonardo Boff, cantantes como el Negro Rada y Gilberto Gil dirigían el canto, cerraba una de esas noches, el propio presidente Lula, alentado por los Sin Tierra y los sindicalistas de diversos países.

Al mes siguiente, me habían invitado los jóvenes de la pastoral del CLAI (Consejo Latinoamericano de Iglesias), estos que me había encontrado en el FSM a una reunión de la pastoral juvenil de Uruguay, en el Centro Emmanuel, en Colonia Valdense. Allí se me abrió un mundo nuevo y diversos, con jóvenes metodistas, valdenses, luteranos, menonitas, pentecostales, católicos, reformados, anglicanos, evangélicos de varias iglesias y de la Obra del barrio Borro, todos con ganas de pensar la fe en compromiso con el prójimo y la transformación social.

El mundo se me había abierto, se me había caído una venda de los ojos, tanto en lo eclesial como en lo social y político, mi espíritu y mi cerebro estaban trabajando a mil por hora, uniendo lo que antes estaba desconectado. La lectura del texto bíblico dejó de tener que ver solo con una

salvación para el futuro espiritual y cobro un sentido social y político. Pude ver que la fe tenía que ver con lo político y lo social, que me hermanaba con las luchas de muchos otros y otras que creían en la misma buena noticia de la libertad, la justicia, la verdad, aunque no tuvieran una fe religiosa.

A partir de allí todo fue aprendizaje. A los dos meses estaba siendo voluntario en un encuentro de Fe, Economía y Sociedad, organizado por el Consejo Mundial de Iglesias y el CLAI en Buenos Aires, donde conocí gente nueva para mí como Perez Esquivel y Nora Cortiñas (abuela de plaza de mayo). Tuve la suerte que me toco con un subgrupo de discusión, con dos viejos macanudos, uno se llamaba con Rene Padilla y el otro Federico Pagura (los cuales yo no conocía ni de nombre). Pero me asombraba su humildad y profundidad para predicar una esperanza que no sonaba hueca.

En este tiempo al igual que en el 2002 volvieron los predicadores del fin del mundo, pero también la organización popular y la solidaridad. Recuerdo el texto lema que eligieron para ese momento los dos viejos macanudos y que creo que puede ser una pista para hoy. “Y sucederá que después de esto, derramaré mi Espíritu sobre toda carne; y vuestros hijos y vuestras hijas profetizarán, vuestros ancianos soñarán sueños, vuestros jóvenes verán visiones.Joel 2:28.

A fin de ese año 2003 estaba participando en la organización de un campamento en los Pinos (Colonia), donde un pastor y un sacerdote nos explicaban sobre economía, justicia social y lo que la Biblia decía sobre eso. Incluso planteaban que los cristianos debíamos promover el jubileo, el perdón de la deuda, incluso porque era injusta y un modo de dominación. Conocí un adolescente que ahora en el 2020 resulto ser diputado, que tocaba canciones de Silvio Rodríguez en un fogón, era hijo de pastor y participaba en política, todas realidades dispersas para mi comprensión en ese momento.

Descubrí que los valdenses y menonitas habían sido perseguidos durante siglos y se habían organizado comunitariamente como forma de resistir y que los metodistas habían tenido muchos de sus pastores presos políticos en la dictadura. Que la protesta revolucionaria de Lutero contra la venta de la salvación, era pertinente hoy, que era necesario criticar los abusos de poder de la iglesia y los nuevos mercaderes de la fe.

Al año siguiente mi mundo espiritual se amplió un paso más. Me invitaron a participar de una experiencia con una comunidad Mapuche, en el sur de Argentina. No los íbamos a evangelizar o hacer asistencia social, incluso eso ya lo habían intentado otros cristianos antes, sino que la pastoral del CLAI nos invitaba a aprender de ellos y compartir dos semanas en el medio de la Patagonia. Nos recibieron un pastor luterano danés, y una asistente social danesa-argentina, que andaba como una mapuche más. Me asombro que a la “gringa” la respetaban pero no porque fuera a hacer “caridad” o por su calidad de europea o cristiana, sino por su humildad y capacidad de escuchar. Allí en el cielo patagónico, aprendí que Dios estaba presente en esa tierra sin templo y sin nombres cristianos que lo enunciaran. Fue otra experiencia de conversión.

Ya involucrado en la pastoral del CLAI como “animador” nacional y luego como coordinador regional del Río de la Plata, el ecumenismo fue una oportunidad de aprender sobre nuevos temas y poder crear espacios junto con otros jóvenes. Escuchar sobre perspectiva de género y aprender de pastoras feministas, descubrir que había pastores de la diversidad y que la sexualidad era un tema del cual se podía hablar en la iglesia sin censuras. Me desafiaron mis paradigmas aprendidos, me movieron el cuerpo y la subjetividad de una manera liberadora.

Encontrarnos con hermanos católicos en OBSUR para organizar mateadas y talleres sobre “Fe y política”, conocer sobre la historia del compromiso contra la dictadura y pensar el compromiso presente. Acceder a testimonios, noticias, reflexiones desde otras realidades latinoamericanas, me amplio la visión aldeana que tenemos en Uruguay. Descubrir que el cristianismo podía estar en

boca de gobiernos corruptos que someten al pueblo o del lado de los movimientos sociales y de los que no tienen nada que perder.

La posibilidad de realizar voluntariado y acciones de incidencia con otros colectivos sociales, articular con la ACJ, la pastoral juvenil católica y otros grupos se volvió parte de la metodología. Generamos un espacio de diálogo judío, católico y protestante en Montevideo, con charlas y visitas entre comunidades. Luego vino el diálogo interreligioso y el poder participar en instancias para fortalecer la democracia y la participación social. Organizar festivales musicales, campañas solidarias, entrar en diálogo con instancias de sociedad civil y de los gobiernos, aprender a participar y organizarnos.

Las experiencias son innumerables, con 26 años, el CLAI me había dado la posibilidad de estudiar teología con Franz Hinkelammert y Pablo Richard en el DEI, compartir una mesa sobre fe y política con Marina Silva (ex senadora, ministra y política de Brasil, pentecostal), participar de encuentros con Desmond Tutu (premio Nobel de la Paz) y Fernando Lugo (obispo y ex-presidente del Paraguay).

Esta tarea educativa y formativa que posibilitaba el CLAI, era genuina porque provenían desde las bases y eran acompañados por una estructura más o menos democrática con alcance regional que nos representaba a los jóvenes, a la pastoral de justicia de género, la pastoral indígena, a los referentes de las iglesias y otros grupos de trabajos dispersos en 20 países de Latinoamérica, pero a la vez hermanados.

Los últimos 5 años en nuestra región han estado marcados por el crecimiento del fundamentalismo religioso, las democracias violentadas, los derechos humanos han sido cuestionados como paradigma y como realidad en la vida de millones de personas. Todo esto también ha permeado a las iglesias, inclusive aquellas herederas de una tradición de liberación. Pero la breve historia del ecumenismo que conocí y de la que pude escuchar o leer en los libros, no se generó por una realidad espontánea o por un milagro caído del cielo. El ecumenismo no ha tenido una única realidad institucional y siempre ha sido trascendido, es un movimiento. Se ha refundado y resignificado frente a realidades que cuestionaron lo establecido durante los los 60 y 70 con UNELAM (Unidad Evangélica Latinoamericana) e ISAL (Iglesia y Sociedad en Latinoamérica) y a partir de los 80 con el CLAI.

Por esto Fe en la Resistencia nos convoca a recuperar la memoria en clave de transformación social, a encontrarnos con los otros y otras que comparten este proyecto de liberación y a poner en diálogo la fe, con los movimientos sociales y la causa de los excluidos y excluidas. Los desafíos de nuestros tiempos son diversos: la creciente brecha social, la violencia de género, el autoritarismo, las diversas formas de discriminación y odio incluso fundado en un discurso religioso.

La pandemia nos ha traído muchas incertidumbres, pero quizás nos deje muchos aprendizajes, sobre como tejer redes y articulaciones usando para bien las nuevas tecnologías. A veces no tener estructuras puede ser la posibilidad de recrear en un nuevo contexto el espacio ecuménico que necesitamos. Aunque la realidad eclesial y política que nos rodea no es tan desafiante, el llamado es el mismo, el camino tiene sus huellas, no es necesario repetir sino aprender de nuestros mayores, el espíritu sigue soplando y nos sigue congregando en las luchas del pueblo.

Nicolas Iglesias Schneider
Licenciado en Trabajo Social, Universidad de la República, Uruguay. Estudios en teología y ciencias de la religión.
Director de Fe en la Resistencia y Los Dioses están Locos.

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Categoria: Biografías, Edición 22 | NUESTRA AMÉRICA: CATACLISMOS Y ESPERANZAS, entrega 7, TESTIMONIOS E HISTORIA

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