UN POCO DE TIEMPO, EL MISMO MUNDO

| 21 septiembre, 2020 | Responder

Un día y sin esperarlo nos enteramos que algo pasó en la humanidad, y que está fuera de nuestro control.

Lo banal, lo superficial, lo efímero, el ser superior al otro, son ejemplos de un común denominador de los tiempos en que vivimos y al que le dedicamos gran parte de nuestras vidas.

Todo lo que acontece a nuestro alrededor lo hemos convertido a la ley de la oferta y la demanda, a la ley del dios mercado dónde se salva quien más tiene y puede y dónde muere cotidianamente aquel que va quedando a la orilla del sistema perverso.

A la vida misma la miramos así y la hemos transformado en una jungla aunque la llamemos civilización donde impera la ley del más fuerte para sobrevivir.

Nos acostumbramos a mirar para otro lado y la insensibilidad y la indolencia nos acompañan cotidianamente. Nos hemos olvidado de mirar como Jesucristo si somos cristianos.

Nos indujeron a que los tiempos han cambiado y que todo se necesita para ayer como si la vida y la muerte estuvieran en nuestras manos, pero lo que no nos dijeron es que la moral también ha cambiado y hoy más que nunca está vigente el recordado tango cambalache que ha quedado algo desactualizado.

Nos inculcan diariamente por todos lados aunque con otras palabras que todo vale para alcanzar algo, que hay que consumir sin necesitarlo para que la economía no se detenga, que en nosotros mismos está la clave del éxito y donde el ser humano es una mercancía también.

Nos dijeron que la justicia social es lo más injusto que hay y que el individualismo es la llave para el crecimiento personal y social, pero no nos dijeron que ese mismo individualismo lleva a algunas personas a considerarse un dios sobre los demás.

Pero un día y sin esperarlo nos enteramos que algo pasó en la humanidad y que está fuera de nuestro control.

Un virus mundialmente propagado hizo tambalear las economías y cambió el escenario político, económico, cultural y social.

Mientras tanto y en forma desesperada, el personal sanitario trata de hacer lo posible aunque los miremos indiferentemente cuando tiempo atrás se estigmatizaba la salud pública y todo lo que tenga que ver con lo público o estatal en aras de la libertad de mercado.

El súper ser humano que abandonó a Dios no logra aún detener esta pandemia, no puede parar el reloj del tiempo y evitar su propagación.

Nos dijeron que por el momento el único remedio es aislarse. Recién ahora aparecen voces para que nos cuidemos y para  cuidar a otros en un mundo que unas horas antes nadie cuidaba al prójimo y dónde nadie le importaba del otro.

En medio de todo esto aparecen los que siempre buscan provecho propio en medio del dolor ajeno como si nunca tuvieran que rendirle cuentas a Dios.

También los asisten los doblemente ignorantes que no saben ni lo que hablan y propician movilizaciones para oponerse al aislamiento, a ellos se le suman los irresponsables que no cumplen con medidas de protocolo porque en realidad no les interesa la vida de otros ni valoran la suya.

A esto también se le agrega la escasa implementación del poder de policía del estado aunque nos digan lo contrario.

Sin embargo la verdad es el mejor antídoto contra la propia hipocresía individual y social, aunque siempre parece doler y algunos quieren taparla como al sol con las manos.

Nos mienten siempre con distintas dicotomías pero ninguna hace referencia a la vida como un don precioso de Dios. Cinismo al máximo nivel e intereses económicos-políticos se entremezclan sin que lo percibamos porque nos dejamos colonizar la mente por quienes proclaman una cultura diferente a la de Jesucristo.

Ahora resuenan voces que nos dicen que debemos ser solidarios, en un mundo que nos llenó la consciencia de que se es pobre porque se quiere serlo y cuándo se recibe alguna ayuda estatal es porque no se quiere trabajar o porque se es un vago.

Es el mismo mundo que no hace mucho negaba el hambre, la pobreza, la desocupación, la desigualdad y demonizaba al que decía lo contrario, porque ese sistema mundial pertenece a las tinieblas.

Es el mismo mundo y sistema que no hace mucho atrás sostenía el ajuste a los más vulnerables como la panacea del buen camino y la libertad total para los que siempre especulan.

Esos mismos piden ahora la ayuda del Estado cuando desfilaban diciendo por los medios de comunicación que el mercado soluciona todo y que la palabra Estado era una mala palabra.

Nos enseñaron desde añares que los seres humanos  venimos y nos vamos de igual forma, pero no nos dijeron que todos y todas crecemos con mucha desigualdad en este mundo.

No es otro, es el mismo sistema que sólo pasaba horas y horas hablando del riesgo país, del mercado bursátil, de la especulación financiera, de la fuga de divisas, de acaparar y concentrar como si la vida les fuera eterna para ellos.

Nadie nos dijo que somos condenados o salvados por esta sociedad según nazcamos en una u otra clase social, seamos de un color o de otro, de una raza u otra, de una fe u otra.

¿Cómo entonces podemos desgravar de nuestro aprendizaje diario lo que nos dijeron por siglos en tan poco tiempo?

La solidaridad es el camino, como también el amor al prójimo. Pero… ¿dónde se encuentra el manual práctico de aquellos que los vemos tanto tiempo teniendo soluciones para todo pero que nunca  tuvieron un solo gesto con sus propios ejemplos de vida?

Del día para la noche pareciera que todos somos iguales ante un virus que puede llegar a costarle la vida a algunos.

¿Habrá un cambio en la humanidad con los mismos actores, o sólo es por este tiempo para que luego todo vuelva a la misma forma de proceder anterior?

Sí, todos somos iguales ante los ojos de Dios, pero no ante los ojos de una sociedad materialista, egoísta y cínica.

Entonces ¿cómo le explicamos a alguien que no le interesa que un niño/a se vaya a dormir sin comer, que otro/a esté sin trabajo  o que su ingreso no le alcance para cubrir sus necesidades básicas, que un anciano cobre una miseria, cuando acumula desmedidamente, nunca fue solidario y miró para un costado y vio las necesidades de su prójimo, no hizo nada  y hasta llegó a justificarlas?

¿Cómo se le explica a un ser vivo que sea simplemente un ser humano cuándo sus hechos muestran que nunca entendió que cualquier ser humano fue creado a imagen y semejanza de Dios?

Pero también ¿cómo le podemos decir sin mentirle a aquellos que este sistema mundial los marginó, los oprimió, los abandonó, los menospreció y hasta los persiguió, que se atrevan a soñar con un mundo mejor sin Dios de por medio cuando le robaron los sueños y las oportunidades de la vida?

Y cómo cristianos que resplandecemos la gloria de Dios ¿cómo le decimos a esta sociedad que somos la sal de la tierra y la luz de este mundo cuándo silenciamos ante todo esto la voz de Jesucristo?

José Juri
Contador Público Nacional

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