GEOLOCALIZACIÓN: ¿COMBATIR LA PANDEMIA O CONTROLAR A LA SOCIEDAD?* (Parte 2)

| 9 noviembre, 2020 | Responder

La pandemia y la vigilancia pública para el control y violación de toda privacidad.
El uso de geolocalizadores para alcanzar el higienismo puritano

El filósofo español José Luis Villacañas se ha detenido, en un artículo a propósito de la pandemia, en lo que ha significado la reducción neoliberal del Estado, sus consecuencias catastróficas y la tendencia a amplificar el camino hacia la barbarie, al tiempo que hace una reivindicación de “otro” Estado como un instrumento sin el cual no cabría imaginar una salida posible a esa destinación autodestructiva. 

Mientras haya condiciones de vida diferentes, como por exclusas, los seres humanos se moverán por los desniveles de la corriente. […] el conjunto de fenómenos que hemos descrito nos hacen [sic] pensar que estamos ante un atolladero evolutivo. En estas épocas emergen las atmósferas apocalípticas en las que el fastidio de una prevención casi imposible se entrega al alivio de presentir un final en el que ya toda prevención es irrelevante. 

En la mayor parte de las ocasiones anteriores el ser humano presentía el atolladero. Ahora lo conocemos. […] alguien me decía que la humanidad siempre acaba encontrando una salida. A este amigo no le inquietaba el dato de que otras estirpes homo quedaran en el dique seco. Tampoco los costes con los que la humanidad sale de estas situaciones. Y esta es la cuestión central. Porque en estas circunstancias se olvida toda normatividad, y la especie se refugia en un darwinismo extremado que no podemos identificar sino con la barbarie. Y cuando recordamos la afinidad que Hayekestableció entre darwinismo y capitalismo, comprendemos que el capitalismo avanzará su proceso de concentración de riqueza sin tener que producir situaciones de riesgo mediante burbujas especulativas. Se limitará a aprovechar las catástrofes que vengan. Y entonces los Estados serán lo único que tengamos.”1 

Villacañas nos previene que sin Estado no será posible sortear esas “burbujas especulativas” que no son otra cosa que la metáfora de la perpetuación de la desigualdad, la injusticia y la violencia. Claro que para eso habrá que rediseñar completamente a esos Estados convertidos en instrumentos dóciles en manos del neoliberalismo. Ahí se dará una de las batallas principales del tiempo postpandémico. 

Décadas de avanzar apasionadamente hacia el abismo siguen insistiendo sobre el sentido común al que los poderes reales buscan, una y mil veces, azuzar para que no se desvíe de esa marcha forzada hacia la catástrofe. Entre el instinto de supervivencia, ese que persistió según el filósofo español a lo largo de nuestra prolongada vagancia planetaria, y un regreso hacia un Estado que nos devuelva alguna seguridad, se juegan las menguadas posibilidades de la especie humana. 

Una vez más sigue siendo válida la sentencia de Franz Kafka: “Sólo por amor a los desesperados conservamos aún la esperanza”. Walter Benjamin hizo suya esta frase en medio de la noche europea, cuando el fascismo se expandía sobre un continente que, todavía sin saberlo, llevaba en su interior la lógica del exterminio concentracionario. A contrapelo del sentido común dominante que no ve otro futuro que la reproducción de lo mismo bajo formato digital, eludiendo los pesimismos ontológicos que olvidan el “optimismo de la voluntad” y acaban por ser funcionales a la lógica de la repetición, hoy resulta emancipador imaginar una ruptura en ese hilo de la continuidad histórica. Una vez más: sin garantías. 

La angustia, el miedo y la demanda de seguridad se multiplicaron. Y ahí estaban, listas y disponibles, las tecnologías digitales que harían más amable la noche de la cuarentena que lejos de retrotraernos a la Edad Media, como decían algunos, nos conducirían directamente al futuro que nos esperaba a la vuelta de la esquina pero que todavía no alcanzábamos a disfrutar en plenitud. Tecnologías que no sólo nos permitirían sortear el aislamiento social poniéndonos en contacto virtual con parientes y amigos, sino que también habilitarían otras formas de trabajo, de educación y de control del virus, ofreciéndonos la posibilidad no sólo de protegernos del contagio y de los peligros del afuera, sino que harían más acogedor y seductor el adentro de nuestros hogares. 

El ideal, hasta ahora utópico, de una vida “completamente segura” se vuelve cada vez más próximo allí donde aceptemos que serán las tecnologías digitales las encargadas de reducir al máximo la peligrosidad de existencias corporales que conviven con amenazas que provienen de un mundo materialmente inseguro. 

Para nuestra tranquilidad –eso también se repite como un mantra desde la usinas mediáticas que replican a los Bill Gates y Jeff Bezos de la nueva aldea global–, la geolocalización, nos permitirá, entre otras cosas fascinantes, que podamos seguir –y por qué no desactivar con la ayuda de las fuerzas de seguridad– cada una de las amenazas o de lo que produce algún ruido o disturbio en nuestra cotidianidad –sea un virus, un terrorista, un afiebrado que no lo sabe e igual sale de su casa, un indocumentado, un supuesto ladrón, un manifestante y un largo etcétera que incluye seguimientos múltiples por parte del “gran ojo”–. 

En nombre de la salud y del cuidado se pondrá en funcionamiento un dispositivo de alcances fenomenales que acabará por auscultar cada milésima de nuestros movimientos, adentro y afuera de nuestras casas haciendo añicos cualquier resto de privacidad o intimidad que nos queda en una sociedad dominada por las pantallas, los geolocalizadores y el higienismo puritano elevado a religión de Estado por los mismos que hicieron lo posible por desarmar los sistemas de salud en nombre de la rentabilidad, el equilibrio fiscal y los protocolos inviolables del gasto público. 

La ya delgadísima línea que separa lo íntimo de lo público simplemente desaparecerá. Bancarizados e insertos en el éter de internet, cada una de nuestras acciones –comprar un libro, salir a cenar, ver una película, encontrarnos con un amigo o amiga, planificar un viaje, fumar marihuana mientras escuchamos música, sacar un crédito, tomar el tren o el auto bus, escribir un panfleto contra las injusticias del mundo– serán registradas e irán a esas nubes virtuales –y absolutamente fantasmagóricas– desde las que toda la información de nuestras vidas estará a disposición para ser usada a nuestro favor o en nuestra contra dependiendo de una coma o un punto mal o bien puestos en el discurso del poder. 

¿Eso es lo que deseamos como corolario de una pandemia que le abre las puertas a la vigilancia generalizada? ¿Será la nuestra una sociedad organizada a partir de los algoritmos capaces de adelantarse a nuestros deseos más ocultos y reguladores de nuestra transformación en sujetos automatizados que no haremos otra cosa que responder a los incentivos pregonados por la googlenización del mundo? ¿Seremos capaces de sustraernos a la geolocalización universal rebelándonos contra la captura de cada uno de nuestros movimientos? Preguntas que no quieren prefigurar un futuro distópico3.

Nuestras casas se convirtieron en mónadas que, a través de sus “ventanas” virtuales, nos abrieron el universo en su diversidad supuestamente polifónica e inacabable. 
Horas y horas de pantalla se transformaron en nuestras actuales formas de socialización y de información. Se multiplicaron de modo exponencial los flujos virtuales que alimentan infinitamente, y como nunca antes, los algoritmos que le permiten a las grandes corporaciones tecno-digitales con sedes californianas, construir una gigantesca malla de información, conocimiento y vigilancia como jamás existió respecto a nuestros gustos, nuestros movimientos, nuestros deseos inconscientes, nuestras angustias, nuestros miedos, nuestros prejuicios, nuestros códigos genéticos, nuestra salud, nuestra actividad física y sexual, nuestros saberes, nuestras inclinaciones políticas e ideológicas, nuestras transgresiones, nuestras ignorancias y nuestros errores que ni siquiera sabemos que los estamos cometiendo. 

Como un gigantesco Aleph borgeano en el que se condensa la totalidad de nuestras vidas sin que seamos del todo conscientes de lo que significa este flujo incesante que se alimenta de nosotros ya no sólo para transformar en mercancías nuestros gustos, inclinaciones y deseos sino para desplegar, como nunca antes en la historia de la humanidad, una red de control y vigilancia que hace del panóptico diseñado por Jeremy Bentham un rudimentario instrumento arquitectónico para vigilantes improvisados. 

Quizás con un cierto apresuramiento Giorgio Agamben, cuando todo recién estaba comenzando, alertó sobre la relación entre la pandemia y el “estado de excepción”, anticipó una expansión ilimitada de los controles y de la vigilancia bajo la modalidad de tecnologías del seguimiento que encuentran en la geolocalización y en el algoritmo instrumentos formidables como nunca antes se tuvo en la secular existencia de las estrategias biopolíticas de la modernidad burguesa.

El estado de excepción está entre nosotros, se ha colado junto al Covid-19 acelerando su expansión a través de las tecnologías digitales que amenazan con transformar nuestras vidas reales en simulacros, nuestra intimidad en una quimera inalcanzable y nuestra libertad en una acción subversiva. Pero también es cierto –y acá me permito distanciarme de Agamben–, que necesitamos un Estado –como lo señaló Villacañas en el texto antes citado– que, en momentos únicos, deba actuar con una lógica que proviene de esa excepcionalidad que después debería abandonar en nombre de la democracia, la igualdad y la libertad. El peligro está allí y, tal vez precisamente por eso, no podemos comprar, sin beneficio de inventario, el paquete entero que buscan vendernos las corporaciones de Silicon Valley. 

Álvaro García Linera lo ha dicho con claridad y contundencia: “Los seres humanos somos seres globales por naturaleza y nos merecemos un tipo de globalización que vaya más allá de los mercados y los flujos financieros. Necesitamos una globalización de los conocimientos, del cuidado médico, del tránsito de las personas, de los salarios de los trabajadores, del cuidado de la naturaleza, de la igualdad entre mujeres y hombres, de los derechos de los pueblos indígenas, es decir, una globalización de la igualdad social en todos los terrenos de la vida, que es lo único que enriquece humanamente a todos. Mientras no acontezca eso, como tránsito a una globalización de los derechos sociales, es imprescindible un Estado social plebeyo que no solo proteja a la población más débil, que amplíe la sanidad pública, los derechos laborales y reconstruya metabolismos mutuamente vivificantes con la naturaleza; sino que además democratice crecientemente la riqueza material y el poder sobre ella, por tanto, también la política, el modo de tomar decisiones que deberán ir cada vez más de abajo hacia arriba y cada vez menos de arriba hacia abajo, en un tipo de Estado integral que permita ir irradiando la democrática asociatividad molecular de la sociedad sobre el propio Estado.”4 

La reivindicación que García Linera hace de una globalización de los derechos y de la igualdad, en la que el “Estado plebeyo” sea expresión de los incontables se choca de frente, en la actualidad, con dos desafíos antagónicos al espíritu de emancipación: por un lado, la sed inabarcable e inconmensurable del capitalismo de querer seguir buscando las rutas de la ganancia y las estructuras políticas, institucionales y tecnológicas que le permitan seguir reduciendo la globalización a flujo de capitales y de mercancías multiplicando la concentración y la desigualdad, la pobreza y la exclusión y avanzando promiscuamente hacia la desertización planetaria; por el otro lado, su otro antagonista será la ideología de las derechas autoctonistas y xenófobas capaces de criticar a la globalización –sea la del neoliberalismo o la del “Estado plebeyo”– como la causante de gran parte de esos males que hoy sacuden, aterrorizan y crispan a esas masas medias y populares que sienten que son las convidadas de piedra en las propuestas globalizadoras. 

Esas extremas derechas apelan al arraigo, a la identidad nacional, a una autenticidad de viejas resonancias fascistoides en detrimento del multiculturalismo que ha venido arrasando los modos de vida, los valores y los enraizamientos de quienes sólo quieren recuperar su orgullo racializado y patriarcal.

Asumiendo la perspectiva emancipadora –y habiendo señalado los peligros que nos acechan y que seguramente García Linera no desconoce–, permítaseme sospechar de las bondades de las tecnologías de la geolocalización y de los algoritmos que se articulan como ingenieros de la vida social a partir de las plataformas digitales y que se ofrecen como los grandes instrumentos que el sistema nos ofrece para garantizar un futuro más seguro –que no quiere decir más hostil a la desigualdad ni a la violencia ni tampoco capaz de revisar el irreparable daño ambiental mientras van arrinconando nuestras libertades y nuestro derecho a la intimidad–. 

Hay un resto de incompletud, de ambigüedad, de lógica asimétrica, de azar y de misterio que hacen de la vida en general, y de la de los humanos en particular, una experiencia laberíntica e imprevista incluso para los que suponen que tienen, al fin, las tecnologías todopoderosas capaces de alcanzar la más pura transparencia. Siempre quedará una mancha, un resto de opacidad, una migaja de suciedad capaz de impedir que hagan su trabajo final las máquinas de la limpieza totalitaria.

1 José Luis Villacañas, “Supervivencia”, Levante: el mercantil valenciano, 2/3/2020.

2 El cinismo del sistema lleva a la construcción de un relato en el que el cuidado de la salud aparece como objetivo central cuando lo principal es proteger a las compañías de seguros médicos y al fisco de los altísimos costos producidos, por ejemplo, por el tabaquismo. Mientras se desfinancia la salud pública y se beneficia el crecimiento del negocio privado, se amplía el discurso higienista que asume rasgos punitivos. El capitalismo ha sabido, a lo largo de su historia, administrar la vida y la muerte de los seres humanos teniendo como objetivo central garantizar su expansión y la tasa de ganancia. Compañías de seguros y farmacéuticas han sido las grandes ganadoras de la privatización de hecho de la salud, su conversión en una mercancía más. Como ejemplo tragicómico es la noticia de que Michael Flor, estadounidense de 70 años residente en Seattle, recibió una factura, después de dejar el hospital en el que fue tratado por Covid-19, ¡por la exorbitante y delirante suma de 1.122.501 dólares! Aunque gracias a los arcanos del sistema y por tener más de 65 años Flor se verá beneficiado porque tuvo la suerte de que su seguro estaba cubierto por los fondos públicos del Medicare. Otros 250000 pacientes internados por lo mismo no tendrán ese beneficio –salvo que reúnan las mismas condiciones que Michael Flor– que quedó como un minúsculo exponente de un proyecto, el de Barack Obama, reducido a su mínima expresión por Donald Trump. Todo indica que, de no mediar fuertes resistencias, el capitalismo emergente de la pandemia seguirá como si nada hubiera pasado transfiriendo masivamente los costos a las mayorías y quedándose con los beneficios.

3 Riguroso y anticipatorio es el libro de Evgene Morozov –La locura del solucionismo tecnológico, Buenos Aires, Capital intelectual, 2016– en el que se dedica a descomponer y desarmar, uno a uno, todos los supuestos “beneficios” de las tecnologías digitales. El capítulo “Los peligros de la mediación algorítmica” no tiene desperdicios, en él nos muestra lo que significa la utilización del algoritmo como organizador de nuestras vidas, como la herramienta lógico-digital a partir de la cual Google, Facebook, Amazon o cualquiera de las otras plataformas irán dirigiendo nuestras decisiones, anticipándose a nuestros deseos –incluidos los que ni siquiera sabíamos que teníamos–, controlando nuestros movimientos y vigilando el estado de nuestra salud. Entre el geolocalizador y el algoritmo la libertad  acabará por convertirse en un arcano, en una palabra vacía que, en el mejor de los casos, nos remitirá a una época en la que éramos dueños de nuestras acciones. Nos espera, sin dudas, una gran batalla que, como en otros tiempos, se librará en nombre de la libertad. Con urgencia deberíamos agregar la indispensable batalla por la igualdad.

4Álvaro García Linera, Pánico global y horizonte aleatorio”, conferencia inaugural en el Instituto de Altos Estudios Sociales de la Universidad Nacional de San Martín, 30/3/2020.

Ricardo Forster
Doctor en filosofía
Profesor e investigador en historia de las ideas de la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA Distinguished professor de la Universidad de Maryland (USA)
Profesor invitado de universidades de USA, México, Alemania, España, Israel, Brasil, Chile, Colombia Últimos libros: Los hermeneutas de la noche (2009), Walter Benjamin. Una introducción (2009),
La anomalía argentina (2010), La muerte del héroe (2011), El litigio por la democracia (2011),
La anomalía kirchnerista (2013)

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