CRISTIANISMO MARGINAL 1

| 21 diciembre, 2020 | Responder

Un cristianismo que se desarrolla por fuera de los márgenes de las instituciones.

Un gran error que los cristianos cometen a través de los siglos es creer que con su nacimiento nace la fe cristiana. Toman como “dado” y absoluto el cristianismo sobre el cual han sido arrojados a existir. No entienden que el cristianismo no es un “aquí y ahora”, sino una extensión espacio-temporal que abarca mucho más que el presente. Ser cristiano es estar sumergido en una historia que nos precede, nos constituye y nos supera. Desconocerla es desconocer la fe.

Se viene produciendo desde principio del pasado siglo y aun hoy con más énfasis, el desarrollo de una concepción del cristianismo que podríamos llamar marginal, es decir, fuera de los márgenes de las tradicionales instituciones, y a su vez distanciada de la teología tradicional y de las expresiones culturales y políticas de lo que la gente corriente entiende por cristianismo.

Hablar hoy de “cristianismo” es un enorme error conceptual -aunque debamos recurrir a dicho término por un tema de lenguaje coloquial. El concepto más acertado sería “cristianismos”. La fragmentación que se inició con La Reforma y que se ha conjugado con nuestra cultura posmoderna hace casi imposible homogeneizar las diferentes expresiones que derivan de la fe en Jesucristo. Entre estos “cristianismos” se encuentra el cristianismo marginal, atípico, sin una definición concreta y sin una identidad única. No obstante, lo atraviesa un hilo conductor que funciona como denominador común: distanciamiento de lo institucional como fin en sí mismo, rechazo a las estructuras piramidales y jerárquicas, y el planteamiento de revisar “fundamentos” teológicos que parecieran incuestionables.

Sin duda las críticas a la razón occidental por parte de Nietzsche, Freud y la Teoría Crítica han colocado al cristianismo en el imaginario colectivo muy cerca de los conceptos de conservadurismo, dominación e irracionalidad.

El cristianismo tradicional, para usar un término más propio de lo que queremos explayar, digamos el cristianismo dentro de los márgenes, ha interpretado a autores como Nietzsche, como enemigos, como autores que han blasfemado contra el cristianismo, que de alguna manera han provocado heridas en la sustancia espiritual del mundo occidental. No se puede desconocer que dichos autores sí actuaron con violencia en algunos escritos, pero no hicieron más que desocultar, que mostrar una realidad que tuvo su devenir a fines del siglo XIX; el encontrarse con que detrás de todas esas verdades sobre las cuales occidente había construido su cultura, su ser, sobre las cuales había fundado su esencia, su significatividad del existir, en realidad, estaban huecas, vacías, perdían vigor. Ésa es la clásica metáfora de Nietzsche cuando anuncia la muerte de Dios en “La gaya ciencia” y posteriormente en “Así habló

Zaratustra”. Es esa pérdida de ese principio rector universal, de ese sujeto en el sentido cartesiano, del latín subjectum, que sostiene todo lo demás: aquel fundamento último de la realidad que permite a todos los demás entes que se paren sobre ese fundamento sentirse seguros, sentir que están con los pies en la tierra, que están sobre suelo seguro. Este fundamento ontológico que fue por muchos siglos un Dios entendido como un Summum Ens, el Ente Supremo, como alguien que regulaba la naturaleza, el cosmos, y que en última instancia nos aseguraba que a pesar de las contingencias de la naturaleza y de la vida humana había una certeza última que nos podía sostener.

Las críticas a la razón occidental nos han servido para ver, no que la fe cristiana sea una falsedad total o una ilusión -si bien así lo resumen algunos autores. Yo creo que, mejor dicho, lo más importante de esta crítica, más allá de que los que emprendieron dicha empresa pensaban que quizás el cristianismo era una fábula, es que nos han mostrado aquello de fábula que contiene el cristianismo. Si Dios es (bueno), si Dios existe, si Dios “es”, no necesita que nada le sea agregado ni quitado. Los agregados a Dios no son más que expresiones de nuestra cultura de cada época y lo que hacen es distorsionar la comprensión del cristianismo. Las críticas deconstructivas, siguiendo el término de Derrida, que se le han hecho al cristianismo, pueden dejar caer moralidades infundadas, creencia y prejuicios que los hombres hemos construido en derredor a una fe que en su pureza, si se puede decir así, es indestructible.

Esta nota fue publicada en el Pensamiento Protestante, bajo el título Una introducción al cristianismo marginal.

Adrian Aranda
Escritor y ensayista
Estudiante de grado de Filosofía en la Universidad de La República de Uruguay
Asesor de Ética para la ONG La Barca
Colaborador en la Cátedra de Historia Filosofía de la ciencia, de la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación

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