REPORTAJE A JUAN EL BAUTISTA

| 11 febrero, 2013

No sabemos si está disfrazado o si se inventó una moda retro para anunciar desde la pilcha y el lenguaje que pertenece a aquella vieja tropa de profetas indomables que no podían callar ante nadie. No está bien y no lo oculta, camina por la celda, no dice nada y bufa como un toro. Confieso que de entrada no me gusta, luce hosco y brutal, reñido con los buenos modales, no me atrevo a hablarle y menos preguntarle nada.

Dijo Jesús: De los nacidos de mujer, ninguno como Juan.

De todos modos la comunicación comenzó naturalmente unos días después por la llegada de unos discípulos suyos que usaba como mensajeros. Yo también estoy en la cárcel, pero por motivos más viles, y yo y todos los demás nos sorprendimos porque las noticias que le trajeron lo convirtieron en otro hombre, se iluminó, se relajó y al día siguiente estaba entre que lloraba y reía, pero no de loco, de pleno. Entonces me animé.

Disculpe, ¿Me permitiría hacerle unas preguntas personales? Tarda en contestar pero mira hasta el fondo del alma.

¿Qué querés saber y para qué?

Bueno, no sé si lo sabe, pero usted es un tipo bastante famoso. Lo llaman el Bautista, o el Precursor y cada uno se lo imagina a su modo, pero cuénteme ¿Cómo empezó todo esto? Me refiero a este estilo suyo y su fama de profeta.

Esto empezó en Dios… y en la necesidad de su pueblo. A grandes males Dios acostumbra a responder con pequeñas señales, y muchas veces ha ocurrido que el nacimiento de un bebé es la respuesta a un caos general en que todo parece perdido. ¿Conocés nuestra historia? Los textos sagrados están llenos de genealogías porque la historia se conmociona por la llegada de los bebés. Pensá, los hijos de los patriarcas, después Moisés, Sansón, Samuel.

(Ahora, mientras habla, conserva algo de la dureza del ermitaño temible, pero aparece en él una nueva ternura que hace escucharlo con deseos de que no calle).

Mis padres no tenían hijos y ya estaban medio viejos. Eran gente extraordinaria pero no había caso, no podían procrear y eso les traía un dolor. Mi viejo era sacerdote, y de los buenos, y fue en un día de servicio en el templo, mientras ofrecía el incienso, que le fue dada una visión increíble, tanto que el viejo quedó mudo porque no pudo recibirla así nomás, no podía creer el anuncio de mi nacimiento. Recién pudo hablar cuando nací y me cantó una canción profética, fuerte y muy bella.

¿Y su mamá qué decía, cómo tomó todo esto?

Y… al principio entre alegría y reivindicación, no salió de su casa por cinco meses. Claro, después, cuando la vieron, ya tenía marcada la pancita de embarazada y venían a verla y a celebrar con ella. Pero lo grande fue cuando llegó su prima, la María, una piba que vivía en Galilea. Mamá ya estaba de más de seis meses y hablaba por todo lo que no hablaba mi viejo. Cuando la recibe, ¿sabés qué le dice? Escuchá porque esto hizo historia. Después de bendecirla por encima de todas las mujeres le dice: “¿Quién soy yo para que la madre de mi Señor venga a mí?” ¿Entendés pibe? Mi vieja vio todo, entendió todo lo que estaba pasando… y algo me pasó a mí.

¿Y ya de grande llega el desierto no? ¿Cómo es lo del desierto, llega, me expulsan de la sociedad y me escapo, o yo lo voy a buscar?

Para manifestarse al pueblo hay que tener algo para manifestar, no alcanza con las ganas ni con lo que se profetizó sobre uno. Hay que beber desierto, tragar soledades, respirar vacío y concebir una misión. Una vez, tendría yo unos quince años, acompañé a mi papá a su servicio en el templo. Nosotros somos de las montañas de Judea y fuimos a Jerusalén. Creo que fue la última vez antes de su partida y mientras lo miraba en su oficio yo me preguntaba cosas. Antes de entrar al santuario el sacerdote debía purificarse y se lavaba frente a todos en una fuente hermosa en el atrio del templo. Me preguntaba entonces: ¿Sólo mi papá debe lavarse, no será que todos debemos lavarnos y vivir limpios en la presencia de Dios? Años después, empecé a convocar a la gente a ese acto de limpieza. Los llamaba al río, a las aguas, a lavarse públicamente de sus pecados, un gesto de arrepentimiento que muchos aceptaron.

¿Fue allí en el río que se encontró con Jesús?

Mirá, ya nos conocíamos, pero yo andaba en la mía y solo. Había encontrado algún rayito de luz, pero sabía que era sólo eso, un comienzo. La imagen del servicio sacerdotal siempre me siguió, y veía que muchos podíamos lavarnos y acercarnos al Señor. Pero en el servicio, la purificación es una cosa y la ofrenda, es otra. ¿Qué pasaba con la ofrenda, con el sacrificio en el altar? Eso no lo podía resolver. Hasta que ese día en que Jesús se apareció en el río, ese día se abrió el cielo. Desde el fondo del alma me salió ese grito: ¡Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo! Se completaba el cuadro: Había cordero para el sacrificio.

¿Todo eso entendió?

Si, pero…

¿Pero qué?

Entender no alcanza para vivir por más que la tengas muy clara. Las circunstancias y el ánimo pueden aguijonearte el espíritu y bue… te venís abajo, como me encontraste estos días.

¿Y puedo saber algo del mensaje que le trajeron sus discípulos? (Ahora los ojos se le hacen chiquitos y la sonrisa grandota. Se para y erguido se dice otra vez a sí mismo):

Los ciegos ven, los paralíticos caminan, los leprosos son sanados, los sordos oyen, los muertos vuelven a la vida y a los pobres se les anuncia que hay salvación.

Ya está, valió la pena.

Calla un instante y con voz endurecida sentencia: Herodes, estás perdido.

 

Julio Cesar López
Pastor en Belgrano
Iglesia Presbiteriana San Andrés

 

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Categoria: Edición 2 | Evangelismo, entrega 6, Reportajes históricos, TESTIMONIOS E HISTORIA

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