LA TEOLOGÍA DEL BANANO

| 22 julio, 2013

Desde hace treinta años mi esposa Doris y yo vivimos en una finquita en Mata de Plátano de El Carmen (Guadalupe). Parte de la finca, cerca de la casa, tiene facilidades para retiros de las iglesias. La otra parte, mucho más grande, es cafetal y plantación de bananos. Esa parte me toca a mí, y cuando me pongo mis botas para salir a cosechar el grano rojo o andar revisando los bananos, siento una felicidad muy grande. Además, los bananos me han enseñado unas valiosas lecciones espirituales, que quisiera compartir en esta conversación.

Lo primero que me impresiona del vástago de banano es que da toda su vida para producir un sólo racimo de fruto. ¡Toda una vida para un solo racimo! Una mata de banano concentra su ser entero en una sola causa: producir su racimo. Después de cosechar el fruto maduro (ojalá antes de que las ardillas lleguen a comérselo), no queda más que cortar el vástago y dejarlo para enriquecer el suelo.

¿No les parece eso una lección para nosotros? Tenemos una sola vida, sin oportunidad de repetir. Lo que vamos a hacer para el Señor, tenemos que hacerlo ahora; en esta vida, mientras dure, porque después será demasiado tarde. Por eso debemos enfocar toda nuestra vida hacia una meta bien definida: cumplir la voluntad de Dios y producir buen fruto para su reino.

Los bananos nos enseñan también otra lección: ellos siempre se reproducen. Cuando tengo que cortar el vástago que ya dio su fruta, me doy cuenta que su tronco está rodeado de “hijas”. No muere sin dejar una nueva generación. Son estas “hijas” las que van a continuar la labor de su “mamá” y mantendrán a la finca surtida de sabrosos bananos. De igual manera nosotros, como cristianos, estamos llamados a reproducirnos, a sembrar en otras personas la vida que Cristo nos ha dado. El proyecto cristiano no es solitario sino comunitario; cada cristiano o cristiana debe ser como aquella mata rodeada de sus tiernas “hijas”. Cristo nos ha llamado para que llevemos mucho fruto. Y a la hora de salir de este mundo, dejaremos la obra del Señor en manos bien preparadas para llevar adelante la causa del evangelio.

Otra cosa linda del banano es que da su fruto en todo tiempo. No tiene “temporada”, como, por ejemplo, el café o los nísperos. Para el banano, todo tiempo es tiempo de producción y servicio. ¿Tenemos nosotros como cristianos la misma constancia? Me parece que hay “cristianos de temporada”, que a veces son y a veces no son. ¡Que aprendamos del banano!

El banano posee también otra gran virtud: a diferencia del mango o la naranja, el banano es muy fácil de pelar, muy fácil de comer y muy fácil de digerir, sin dejar de ser, a la vez, muy nutritivo. Nos alimenta y ayuda mucho para la salud. Nuestro mensaje también debe ser accesible al receptor, “fáciles de pelar”, pero su contenido debe ser substancioso (con contenidos bíblicos) y alimenticio para la vida espiritual.

He observado otra cosa con los bananos: el vástago más grande y grueso no siempre da el racimo más abundante ni los bananos más sabrosos. A veces he visto algún vástago flaco y pequeño, doblado por el peso de un enorme racimo, como también uno que casi toca el cielo pero su racimo más bien da tristeza. Lo que importa no es el tamaño del vástago sino la calidad del banano. El mundo moderno tiene una obsesión con el tamaño, una idolatría de lo grande y un culto al éxito visible. En Apocalipsis 2-3, todas las iglesias que llamaríamos “exitosas” (Éfeso, Pérgamo, Tiatira, Sardis, Laodicea), para Cristo dejaban mucho que desear, y la más “exitosa” hasta le daba asco. Y las dos iglesias que Cristo aprueba con gozo, nosotros llamaríamos fracasadas (la pobre Esmirna, la Filadelfia con poco poder). Podríamos decir que nosotros miramos al vástago pero Dios mira al racimo de fruto.

Una observación final: he notado que muchos vástagos de banano “mueren desde arriba”. Me ha pasado muchas veces ver una planta, aparentemente en buen proceso de maduración, pero entonces cuando miro a sus hojas de más arriba, veo que están totalmente secas y muertas. La muerte comenzó arriba. Este es un peligro también para los cristianos hoy, especialmente líderes, cuando “la muerte comienza arriba”, en la vida pensante. San Pablo nos exhorta a superar esa “muerte cerebral”, transformándonos diariamente “por medio de la renovación de nuestro entendimiento” (Rom 12:2). En esa vida de continua renovación en el Espíritu, el estudio siempre fresco y creativo de la Palabra de Dios debe ser la fuerza renovadora de nuestra vida espiritual y nuestro ministerio.

 

Juan Stam
Misionero en Costa Rica por más de 45 años.
Doctor en Teología por la Universidad de Basilea, Suiza.
Profesor, por muchos años, del Seminario Bíblico Latinoamericano.
Escritor, autor de varios libros y artículos.

 

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Categoria: Edición 5 | LA CREACIÓN ANHELA, entrega 2, Teología

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