APOLOGÍA DE LA LEALTAD

| 12 septiembre, 2016

La lealtad, base de nuestra relación con Jesucristo.

Cuando los teólogos gustosos de las definiciones grandilocuentes dicen que el primer pecado del hombre fue la codicia, que llevó a los primogénitos a desear el ser igual al creador y produjo la debacle conocida, yo me opongo humildemente y digo que el primer pecado del hombre fue la deslealtad. Codiciaron, es verdad, y luego una cadena de errores, pero lo primero en que fallaron fue en el no ser leales al compromiso con su amigo-creador. Eva fue desleal prefiriendo la tentación de la serpiente, y luego Adán lo fue al seguir los pasos de su marida, errando doblemente.

El concepto literal de “lealtad” está escasamente desarrollado en las sagradas escrituras, salvo alguna acepción referida a la amistad, en el marco del antiguo testamento. Después de Cristo, nada. Sin embargo me parece que esa realidad es más una obviedad que una falta. Digo: que no existe referencia directa a la necesidad de ser “leales” no por error u omisión, sino por la obviedad del contexto. La abundancia de conceptos y frases jesuíticas tales como “Ustedes serán mis amigos si hacen lo que yo les digo”, o “el que no está conmigo está contra mí”, o “Si permanecen en mi palabra serán verdaderamente mis discípulos” indica con claridad que el camino de la fe en Jesucristo no es otra cosa que una demanda de lealtad absoluta y radical. A los tibios los vomita Dios de su boca. No hay espacio para medias tintas. O se es hijo de Dios y discípulo de Jesús, siendo oidores y hacedores de su palabra, o se es tan enemigo, tan lejano, tan ajeno al reino como quienes lo desconocen por completo o lo combaten.

Desde un punto de vista filosófico y minucioso, el advenimiento carnal de Jesús es en si mismo un acto de amor y lealtad. Lealtad del hijo al padre, lealtad a su misión, lealtad a sus amados, lealtad aún para con si mismo en tal sentido. Cuando las soluciones planeadas por Dios para salvar eternamente a sus criaturas mostraron su imperfección e insuficiencia, el Hijo puso su vida para asegurar la continuidad del plan del Reino, siendo coherente con su rol de hijo. Aquí es cuando la lealtad se une al que para mi es el principal concepto con el que debe juzgarse la vida de un ser: la coherencia (quedará para otra oportunidad su jugoso estudio, ya que nos desviaría demasiado).

 

¿HIJO DE DIOS O HIJO DE JONÁS?

Me gusta pensar el nacimiento de la iglesia de Jesucristo como un proceso asentado primero sobre sueños y promesas divinos, conquistado formalmente luego en la constitución legal de las bienaventuranzas de Jesús, y realizado efectivamente a partir de la manifestación de Pedro acerca de la divinidad y trascendencia del paso de Jesucristo por la tierra, cuando Jesús le dice “Tu eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi iglesia”. Pedro, justamente quien pocas horas después habría de cometer, por miedo propio, el mismo pecado de sus padres Eva y Adán. Ante la pregunta de los captores de Jesús, el Pedro desleal, el Pedro incoherente, cobarde, humano… respondía desleal: “no lo conozco”.

Un poco después, precisamente en el instante del tercer encuentro del Jesús resucitado y el Pedro desleal, cuando ambos conversan junto al fuego, se produce la mayor lección de coherencia cristiana que veo en las sagradas escrituras. Para darle sentido a mi interpretación última, notemos que Jesús se dirige a Pedro como “Simón, hijo de Jonás”. Ya no era Pedro, o Simón Pedro… había sido desleal y el hijo del hombre debía enseñarnos a todos una lección a través de lo que sucedería esa noche a orillas del mar de Tiberias.

Simón, hijo de Jonás, hijo de la duda, hijo de la desobediencia, hijo de la cobardía, hijo de la vergüenza, hijo de la imperfección, hijo de la deslealtad y la incoherencia… “¿Me amas mas que estos?” Claro que Pedro lo amaba. Ese pedro ignorante y duro, recio, acobardado por el peso de la prueba había sido vencido, y sabía que no había sido leal a su amigo, a su Señor, a su misión, ni a si mismo. Pero cuidado si te apresuras a criticar a ese Pedro imperfecto. Cuando el estaba ocupado en sus redes y tareas, Jesús lo llamó y el dejó todo para seguirlo y hacer su obra de pescador de hombre, sin preguntas ni pedidos de recompensa. No quiero desviarme en ese atajo, pero puedo asegurar que he visto a muchos mediocres timoratos que duermen abrazados a sus miserables tesoros terrenales, juzgar la conducta de Pedro en ese día aciago en que no pudo ser leal a su fe. No te atrevas sin estar en sus zapatos.

“Simón, hijo de Jonás, ¿me amas?”. -Señor, tu lo sabes todo. Tu sabes por qué no pude ser leal, tu sabes que mi modesto corazón necesita más de vos para poder padecer hasta la muerte. Tu sabes que te amo y he abrazado tu causa como si fuese mía… -Yo lo se Pedro, yo veo tu corazón, y se de tu firme decisión, por eso te pido que seas leal y coherente. Si me amas, apacienta mis corderos. Si me amas, lleva fruto. Si me amas, haz mi obra. Si me amas, ama a estos más pequeñitos que nos siguen. Si me amas, se coherente, se leal a mis palabras y a tu decisión de fe …apacienta mis ovejas en tanto que voy a preparar lugar para ustedes en los cielos.

Un pequeño pasaje en la escritura, que narra el encuentro de Cristo y el hombre, habla más por si mismo acerca de la lealtad, que todos los libros o discursos que puedan escribirse al respecto.

Lealtad no es perfección. Puedes equivocarte mucho en el camino. Pero a la noche vuelves a sentarte a la orilla del mar junto al fuego, y Jesús renueva tu mandato excluyente: Se leal a tu llamado, apacienta mi rebaño. Lealtad no es santidad. Seguramente cometerás pecados en camino llevando el mensaje de Jesús a los perdidos. Pero a la noche vuelves a sentarte junto al fuego con el Jesús resucitado, y vuelves a ser perdonado para seguir adelante con nuevas fuerzas. Ser leal no implica necesariamente no dudar, no errar, no desviarse. Pero exige una respuesta activa –real, fáctica, empírica, no de palabra sino de hecho– a la pregunta del Señor.

 

ES HORA DE VOLVER A JESUCRISTO

Vivimos tiempos en que el Evangelio se ha desviado tanto de sus bases en la mayoría de las iglesias del mundo, que el concepto de lealtad que nos ocupa carece de sentido verdadero. Muchos de quienes se dicen seguidores de Jesús, ya no se inspiran en sus palabras ni son observadores de su vida como ejemplo. La iglesia católica se debate entre la necesidad de volver a la sencillez de Jesús y la realidad de una curia ampulosa y acomodada. La otra, fruto de la reforma protestante, agoniza en la búsqueda hedonista, olvidando el dolor de las ovejas que balan en las calles y caminos. La lealtad se vende por treinta monedas de plata, y Jesús sigue sufriendo el dolor de la frustración de sus planes.

No es posible pensar la diversidad sino a partir de un objeto o sujeto originante. Y de allí, toda subjetivación diversa debe necesariamente referirse a él o a ello. Existen hoy en el mal llamado “cristianismo” interpretaciones tan alejadas del sujeto Cristo en esencia, que no puede atribuírseles -como esperan sus actores- la categoría de simple diversificación conceptual de la idea de Cristo. Hay, en la afirmación de pertenencia, de lealtad, de afirmación íntima, una necesaria correlación demostrable, una debida afinidad intrínseca, una coherencia mínima que pueda subsistir el peso de la ciencia. No basta con meras afirmaciones subjetivas o leves similitudes superficiales. Lo diverso sólo es en esencia una misma cosa, un mismo sujeto, narrado desde una mirada diferente.

La lealtad es un valioso principio espiritual, que lleva fruto abundante. Un valor relativo en tiempos en que todo se vende, y los hombres están más ocupados en su “tener” que en su “ser”. Sin embargo es justamente aquí y ahora cuando el Espíritu de Dios se esfuerza en restaurar los valores sustanciales de sus Hijos, en pos del nacimiento inminente de una nueva iglesia, protagonista de los últimos tiempos, que lo espere con los candelabros encendidos y el corazón despierto.

Gritando desde las azoteas este mensaje apelamos a despertar un dejo de modestia, de humanidad, de coherencia, de quienes lideran las instituciones eclesiásticas, apelando a la lealtad como único recurso para que el reino de los Cielos cumpla su obra, y Cristo encuentre el marco para volver por su pueblo. Hoy no hay pueblo. Hay religión. Hay líderes arrastrando a sus masas hacia caminos inciertos, no por lealtad sino por el miedo de la recompensa. Hay hombres y mujeres siguiendo falacias y verdades a medias, mientras nadie o casi nadie apacienta las ovejas.

Entre las cuatro paredes de los templos filo-cristianos se habla de amor y de alegría, pero afuera los mismos que aplauden y cantan con sonrisas, temen y sufren en un mundo injusto y peligroso, carente del amor de los hijos de Jesús. Adentro de los templos se habla de prosperidad y de promesas de fe, se anima a creer para ver. Mientras tanto en la extensa realidad de nuestra América –podríamos decir del mundo entero- miles de millones de pequeños duermen solos, padecen hambre y sufren males evitables, esperando la manifestación coherente de los que dicen amar a Dios y a su obra.

 

¿ME AMAS TÚ MAS QUE ESTOS?

¿Quién será hoy como Simón, el hijo de Jonás, capaz de responder con modestia y honestidad, pidiendo perdón y poder para comenzar de nuevo a ser leales al mandato verdadero? Ánimo hermano. Desanda el camino del error. Vuélvete a la cruz. Siéntate junto al fuego y recobra el amor leal al Jesús verdadero, que sólo exige amor por los que sufren ahí afuera.

¿Quién leerá con soberbia estas palabras minimizando su efecto, relativizando la verdad y esgrimiendo argumentos para seguir caminando el camino de la simulación?

De cierto te digo que antes que el gallo cante lo negarás tres veces.

 

 

 dowyer

Guillermo Dowyer
Publicista, productor de TV, filósofo, cristiano.
Misionero del movimiento cristiano revolucionario, que trabaja para la unificación del pueblo de Jesucristo y mediante su Misión América que recorre el continente trabaja por la visibilización, el desarrollo y la inclusión de los que hermanos y hermanas que sufren en nuestra América Latina.

 

 

 

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Categoria: BIBLIA, Edición 17 | Lealtades, entrega 11, Teología del Sur

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