RECONCILIACIÓN*

| 21 septiembre, 2020 | Responder

“Creo, y esto mirado desde el evangelio, que donde hay reconciliación hay Reino de Dios.”

Nos dio el ministerio de la reconciliación, nos encargó la palabra de la reconciliación.” Este le dice Pablo a la peleadora iglesia en Corinto.

Vamos a trabajar un poquito sobre la Palabra de Dios. El texto de Génesis 45 tiene que ver con una inspiración de la palabra y un relato de reconciliación. Digo una inspiración porque una y mil veces se lee el relato de la vida de José, y sabiendo toda la historia uno ve allí cada vez grandeza, generosidad, paz, entendimiento del sentido y del propósito de su propia vida y una mirada hacia adelante.

Quiero trabajar un poquito este texto maravilloso, el relato de José, a quien sus hermanos habían vendido a unos ismaelitas y terminó en un mercado de esclavos en Egipto. La idea inicial era matarlo, pero uno de ellos dijo, “no lo matemos, vamos a venderlo mejor”. ¿Reconciliar  dijimos?

Y después leemos de toda una vida gloriosa y penosa, que iba y venía de la gloria al piso varias veces. De la casa de su señor a la cárcel, y de la cárcel al trono; una cosa tremenda la vida de José.   Él termina descubriendo que sus hermanos, muertos de hambre, fueron a buscar algo de comida a Egipto.  Y en lugar de regañarles o de pelearles, hacerles algún daño pagando el mal que le habían hecho, encontramos este hermosísimo relato de reconciliación.

Creo, y esto mirado desde el evangelio, que donde hay reconciliación hay Reino de Dios. Donde algo estaba roto, herido, sangrante, lleno de odios y de distancias; deseándose el mal mutuamente, ni se ven, ni se soportan… cuando aparece un espíritu reconciliador, es el Espíritu de Dios.  Donde va a haber perdón de pecados  habrá una mirada nueva.

A mí me interesa muchísimo esta palabra. Creo que la historia de reconciliación, en este caso y en muchísimos, es una historia para Salvación.  Pero para eso es necesario el crecimiento de  este muchachito José, que era el preferido de su papá, y que venía de un hogar muy patas para arriba.  Recordemos que su padre Jacob armó una casa con muchas esposas, incluso esclavas de sus mujeres que también pasaron a ser esposas. Había allí hijos de la amada, hijos de la no amada, hijos de las esclavas. Todos peleándose entre sí, y José que es el nene amado, hijo de la amada y mimado, tiene el rencor de todos. No lo mataron de milagro. Lo convirtieron en veinte monedas de plata.

Este muchachito que pasó una y otra cosa tan difícil, tuvo que haber hecho crecer su propio universo para encontrarse a sí mismo, y entender muchas más cosas que las de su familia.  Su familia ya era un universo muy particular donde se mezclaban promesas con odios y tensiones y traiciones de todos los colores. Sin embargo, tuvo que apreciar otro universo más grande para sí mismo, y gracias a que pudo entender un universo mucho más grande pudo mirar el corazón de los otros. Pudo leer los sueños propios y los ajenos. Pudo interpretar otros sueños y pudo mirar el mundo con otros ojos. Así es que este José no se quedó en aquellos viejos rencores de la niñez y la primera juventud. No se quedó mirando solamente aquel lugar de ser el niño privilegiado de la familia, sino que conoció el dolor, la traición, el abandono y casi la muerte. La indignidad de pasar a ser un esclavo. De ser apreciado y después despreciado y perseguido. Idas y vueltas en la vida, pero en lugar de romper la vida de José, estas cosas hicieron crecer a este muchacho.

Claro que hay muchas historias entre ustedes, la mía también es una historia. En la historia personal hay de todo: traiciones, abandonos; hay dolores y llantos. En este párrafo del reencuentro, dice que José se pone a llorar tanto que se escuchaba desde cualquier lado los gritos de una historia contenida por años de dolor. Sin embargo, no sólo agrandó su universo, sino que vio como su propia vida estaba en los planes de Dios. Dios estaba con él y enseguida se lo dice a sus hermanos, -“Ustedes no me mandaron a Egipto”. Tres veces dice, “Dios me envió a Egipto, no ustedes.”  “Dios me trajo. Dios tenía un propósito a favor de ustedes justamente, porque me trajo aquí para bendecirlos, para salvarlos, y para que su posteridad, su descendencia viva una gran liberación”.

Creo que hay en la vida momentos como saltos, instancias de entenderse a sí mismo, de trascenderse a sí mismo, de agrandar el propio universo, de entender algo de los planes de Dios para la vida de uno. En medio de todo esto descubrir que mis hermanos  los que me traicionaron, los que me abandonaron, los que desearon mi mal están allí y yo les voy a hacer bien. Y voy a ser generoso con ellos, y esa reconciliación es la obra de Dios y va a traer bendición por nuevas generaciones.

Así que mi invitación justamente es esa: quiero invitar evangélicamente al perdón de pecados. A mirar al otro y a sus circunstancias, a mí y a mis propias circunstancias, y mirar con un corazón grande, magnánimo (decimos cuando tiene un alma grande) y perdonador. Y que es capaz de no olvidar todo lo que pasó, porque la historia es historia, pero de olvidar sí el rencor. Sacarse de encima las amarguras viejas, la necesidad de postrar al otro, de hacerle un daño, de poner encima de él una carga que no pueda llevar y que lo atormente toda la vida. No, no, no. Queremos vida, no queremos ese castigo. Queremos vida y Dios puede hacer de nosotros agentes de vida.

Está bueno cuando en el medio del relato definitivamente dice, “Yo soy José”.

Vaya a saber cómo se llamaba en Egipto. Vaya a saber qué nombre le habrían puesto sus primeros empleadores o captores (no sé cómo llamarlos). Aquí aparece el auténtico, el inicial. Yo soy José el hermano de ustedes ¿cómo está mi padre? Enseguida pregunta. Y además de esto, después le empieza a poner prisa, empieza a apurar las cosas. “Bueno, bueno se nos acaba el tiempo, mi papá ya es un viejito, ustedes son grandes” “La sequía va a seguir y el hambre que viene va a ser algo tremendo, así que apuremos las cosas, unámonos, vayan a buscar a mi padre. Hagamos las cosas ya, no demoremos más esto”

Acá hay un mensaje también. El mensaje una vez que lo viste y que lo entendiste, es la hora de la acción. La hora de recomponer, la hora de sanar, la hora de mirar con altura y de reintegrarse. Así que esta es la invitación evangélica ¡Qué bienaventurados son los pacificadores! ¡Qué bienaventurados los que tienen el corazón limpio, qué gente más dichosa! Qué bueno estos que pueden orar diciendo, “Perdónanos como también nosotros perdonamos a los que nos deben”

Tantas cosas nos deben… y las vamos a perdonar. Vamos a ser generosos y vamos a ser agentes de salvación.

Que haya entre nosotros este espíritu de reconciliación. No es gratis la historia. No estamos diciendo nada obvio. No son gratis los dolores, las postraciones, las indignidades, lo que se ha sufrido, lo que se ha llorado, las noches en vela, las preguntas sin solución. ¡Qué cantidad de cosas hay de esas! Pero llegó el día de la restauración, de la sanidad. El día nuevo. Que salga el sol.

*Este mensaje fue desgrabado por Pini Benavente

Julio C. López
Pastor
Iglesia Presbiteriana San Andrés

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Categoria: Biblia, BIBLIA, Edición 22 | NUESTRA AMÉRICA: CATACLISMOS Y ESPERANZAS, entrega 8

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