LA HISTORIA DE JOSÉ Y LO QUE IMPLICA CONSTITUIR UNA COMUNIDAD

| 23 noviembre, 2020 | Responder

Hace tres meses se publicaban estas palabras. Aún en pandemia, las reflexiones vertidas cobran más vigencia que nunca.

La parábola bíblica de José el soñador nos habla de la existencia de un pueblo que planifica colectivamente su futuro. Sale hilo para intentar analizar cómo el COVID 19 desnuda el quiebre de la posibilidad de pensarnos como comunidad.

El hecho de que José interpretara el sueño del Faraón como siete años de bonanza y luego otros siete de malas cosechas le permite al pueblo egipcio ahorrar (acumular) en los siete años buenos para poder subsistir los siete años malos. De eso se trata una comunidad. La cuarentena (herramienta muy antigua) pudo llevarse a cabo con esa lógica, en sociedades más pobres q las nuestras. Ante la aparición de un virus desconocido, se detenían todos los movimientos hasta conocer más y se vivía de lo que se había acumulado… ¿qué pasó esta vez?

No podemos decir q la humanidad no ha acumulado suficiente riqueza para poder protegerse unos meses y averiguar el nivel de letalidad del virus, conseguir la vacuna o conocer más acerca de las secuelas. Jamás hubo tanta acumulación de riqueza y capacidad de producción como hoy. Sin embargo, el 1% de la población que acumula dicha riqueza decidió que no estaba dispuesta a desprenderse de nada, aun si implicaba que murieran millones de personas, incluidos los propios miembros de su familia. Y no, ese 1% no son “los políticos”.

Algunos países (entre ellos el nuestro) amagaron con un primer intento de cuidado, pero duró bastante poco. El show del capitalismo debía continuar y eso ha quedado Cru4laro a límites absurdos como la actual apertura de bares y restaurantes en el momento de pico en subida en AMBA.

Agradezco a Carlos Stortz por pasarme los números de muertos por millón, que muestran que en la última semana nos hemos colocado cuartos en el ranking mundial (4,76 de promedio semanal), aunque pronto disputaremos no solo el puesto semanal sino también el de muertes acumuladas. Agradezco también a Jorge Luis Aliaga por facilitarme los globales que ubican a Argentina en 177 fallecidos por millón (ya en el top 20 y subiendo) con un pico de 667 en la Ciudad de Buenos Aires (sí, ahí donde abrieron los bares y restaurantes)*

Pero no se trata de un fenómeno argentino. Hubo directamente países sin cuarentena (Brasil), aperturas pese al rebrote (España, Reino Unido). Han sido muy pocos los países dispuestos a cuidar a su población distribuyendo algo de lo acumulado (N. Zelanda, Australia, Noruega). A esta altura ya podemos decir que la decisión general (pese al reproche inicial a Trump o Bolsonaro) ha sido justamente la de Trump y Bolsonaro: cuidar a la población resulta muy caro y no se puede detener la máquina de producción de riqueza. A esta altura ya podemos decir que la decisión general (pese al reproche inicial a Trump o Bolsonaro) ha sido justamente la de Trump y Bolsonaro: cuidar a la población resulta muy caro y no se puede detener la máquina de producción de riqueza.

Lo sorprendente no solo es la decisión de los gobiernos sino la convicción general acerca de la imposibilidad de tocar la riqueza más concentrada para cuidar a la comunidad y la percepción de que nuestros hábitos no pueden ser modificados ni siquiera ante el riesgo de muerte. Ello ha dado lugar a las conductas de negación más extrema, ante la incredulidad y dolor del personal hospitalario que mientras se inmola día a día cuidando a los enfermos y poniendo sus muertos observa al resto tomando cerveza en un bar sin barbijo u organizando cumpleaños.

El rol de numerosas disciplinas ha sido bastante triste, desde los psicólogos planteando que el encierro puede generar consecuencias psíquicas más graves que la pandemia (científicamente insostenible, en particular porque nada puede ser más grave que la muerte) hasta la mayoría de los economistas asumiendo la imposibilidad de la detención del flujo de la producción no esencial como si el aumento de la pobreza fuera una variable de la naturaleza y no una decisión sobre los modos de distribución de la riqueza humana.

En toda época histórica existieron diferencias sociales (incluso extremas) pero el concepto de comunidad (expresado en la parábola bíblica) implicaba que en tiempos de amenaza o crisis, aunque fuera una parte de dichos bienes podían servir para sobrevivir “los años malos”.

Con los datos que tenemos hoy, es de esperar que cuando se conozcan los números reales de muertos de estos años y el coronavirus sea historia, habrán sido varios millones (ya hay casi 900.000 confirmados), muchísimo más que los muertos anuales por influenza. Pero habrá una consecuencia todavía más grave que los millones de muertos: hemos aprendido con tristeza que los humanos ya no nos consideramos una comunidad, que lo acumulado no puede utilizarse ni siquiera ante la amenaza de extinción.

Cuando el José de hoy nos vino a contar que tendríamos un año malo, la respuesta fue gritarle que mentía, violar toda posible cooperación, insistir en q compartir la riqueza es imposible y aceptar que murieran los que tuvieran que morir porque “siempre muere gente”.

Quisiera creer que somos muchos los que todavía pensamos que vale la pena vivir en una comunidad que cuida el bienestar de sus miembros y q está dispuesta a compartir en épocas de vacas flacas. Pero no parece ser el caso.

*Datos correspondientes al mes de agosto

DANIEL FEIERSTEIN
Doctor en Ciencias Sociales
Investigador CONICET
Profesor UNTREF y UBA en estudios sobre genocidio

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Categoria: Edición 23 | NUESTRA AMÉRICA: SER IGLESIA HOY, entrega 4, SOCIEDAD, Sociología

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