CREO EN EL ESPÍRITU SANTO Y EN LA SANTA IGLESIA UNIVERSAL I

| 16 diciembre, 2013

El Credo de los Apóstoles contiene dieciocho afirmaciones. Es llamativo que dos de ellas están referidas al Dios Padre, solo una al Espíritu Santo, cinco sobre distintos momentos de la vida cristiana ¡y once afirmaciones sobre Jesucristo! ¿Por qué esta desproporción en el contenido?

“… Creo en el Espíritu Santo…”

Debemos decir que hablamos del primer credo construido por la Iglesia hacia mediados del siglo II (150 DC) aproximadamente. Para ese tiempo los testigos directos ya no estaban y circulaban diversas interpretaciones, especialmente sobre la persona de Jesús.

Surgieron doctrinas como la de los gnósticos que afirmaban que Jesús no había sido verdaderamente hombre sino que era un ser espiritual con apariencia de hombre. Esto era el docetismo, para el cual lo espiritual era bueno pero lo material era malo y cárcel del espíritu. Esto llevaba o bien a despreciar lo corporal o por el contrario llevarlo a excesos sensuales, ya que no importaba lo que se hacía con él.

Por otro lado el marcionismo, enseñaba que Jesús no había nacido de María sino que se encarnó repentinamente en su adultez.

Otros, los adopcionistas, afirmaban que Jesús nació como hombre y que recién en su bautismo Dios lo adopta como Hijo.

Para hacer frente a estas doctrinas que crecían entre la cristiandad, la iglesia decidió poner por escrito un Credo o Pacto, llamado de los Apóstoles, en donde se enfatizaba las afirmaciones centrales del evangelio.

Como la mayoría de las doctrinas erradas se referían a Jesús, el Credo de los Apóstoles dedicó mucho de su contenido a explicitar la persona de Jesús ubicándolo en coordenadas históricas, afirma que fue Hijo de Dios desde el principio, que sufrió, por lo tanto no era solo espíritu sino también cuerpo, etc. Por eso la necesidad de tantas afirmaciones sobre Jesús.

¿Eso quiere decir que no había discusiones sobre el Espíritu Santo, por eso se lo menciona una sola vez y rápidamente como “Creo en el Espíritu Santo”?

Efectivamente, las discusiones de esta época temprana se referían más a la persona de Jesús y perseguían fines más prácticos. Sin embargo, más adelante en la historia del pensamiento cristiano, la doctrina comenzó a hacerse más abstracta y esencialista y allí sí comenzarán las discusiones sobre la Trinidad y el rol que en ella desempeña el Espíritu Santo, esto sucederá en los Concilios de Nicea (325 DC) y más específicamente en el de Constantinopla (381 DC).

Pero en esta reflexión nos quedamos con la fe sencilla de la Iglesia del segundo siglo que no necesitaba decir sobre el Espíritu Santo más que creían en él. Así tan sencillo, así tan profundo.

Para la iglesia primitiva no había discontinuidad entre el ruaj elohim (el espíritu de Dios) del Antiguo Testamento, que estaba presente en la creación del mundo (Génesis 1:1-3), el que daba sabiduría, entendimiento, conocimiento y capacidad creativa a su pueblo (Éxodo 31:3), con el penumaton agion (espíritu santo) del Nuevo Testamento, que bajó en forma de paloma para testificar sobre el Mesías en su bautismo (Lucas 3:22), el que se manifiestó en la fiesta de Pentecostés (Hechos 2), etc.

Ambas formas de nombrarlo, en hebreo o en griego, refieren al aliento o viento de Dios presente en la historia (ruaj es viento o aliento; pneuma es aire, viento). Y como todo viento, refresca, moviliza, empuja, desordena lo que los seres humanos nos empeñamos en ordenar según nuestros criterios, inspira (¡ayuda a inspirar!), sostiene, limpia, aclara.

Por eso decir “creo en el Espíritu Santo”, es creer firmemente que ese ruaj con el que Dios creó el mundo es el mismo espíritu que Jesús sopló sobre sus discípulos (Juan 20:22) y el que hoy sigue recreando el mundo con su poder de viento movilizador. Creer en el Espíritu Santo es confiar en la continua creación de Dios. Es afirmar que Dios no creó el mundo una sola vez, sino que lo sigue creando y recreando constantemente, que Dios está presente con su poder transformando personas, sociedades, estructuras y eso lo hace con su aliento creador.

Además aceptar esa fuerza movilizadora del Espíritu es, al mismo tiempo, un gran desafío para los cristianos, porque así como “el viento sopla por donde quiere, y aunque oyes su ruido, no sabes de dónde viene ni a dónde va. Así son también todos los que nacen del Espíritu.” (Juan 3:8). Los nacidos del Espíritu debemos saber dejarnos sorprender por su aparición inesperada y dejarnos llevar por donde sea necesario para su propósito creador. Si los cristianos oponemos resistencia, Dios encontrará a otros que estén dispuestos a dejarse llevar, tal como lo hizo con Ciro, rey de Persia (Isaías 45:1). ¡Vaya bofetazo que el señor dio a su Pueblo! ¡Un rey extranjero guiado por el Espíritu de Dios y tomándolo de su mano.

Esta es otra consecuencia de Creer en el Espíritu Santo, es reconocer que Dios no se fija en prosapias cristianas, ni confesiones tipo “Señor, Señor”, ni mucho menos en el “hacer la plancha” movidos por un antiguo principio del calvinismo ortodoxo que decía “una vez salvo… siempre salvo” sin importar lo que ese cristiano hiciera con su vida… El único criterio que sirve para los planes creadores de Dios es el movimiento constante de su espíritu, todo aquel que se mete en su cono de influencia se moverá, los otros quedarán estáticos…

“… y en la Santa Iglesia Universal…”

No es casualidad que pegado a la afirmación “Creo en el Espíritu Santo”, figure una afirmación sobre la Iglesia: “Creo en la Santa Iglesia Universal”. No es casualidad porque la Iglesia es el fruto del Espíritu Santo. Este es el que permite en Pentecostés que, a pesar de hablar idiomas diferentes, se reconozcan como hermanos y hermanas y nazca la iglesia.

Jesús conforma un grupo de discípulos para que propaguen las Buenas Nuevas del Reino de Dios, pero es el Espíritu Santo el que transforma a ese grupo de discípulos en santa iglesia universal.

La palabra “santa/o”, tiene un recorrido largo desde el AT, este aparece en hebreo como qadash, en griego del NT como agion y en latín sancto. Todos estos términos no significan ser buenitos o perfectos como comúnmente se cree. Su significado es ser separados para un propósito. En este caso: para ser testigos del Reino.

La Iglesia es Santa porque es apartada para una misión específica, cuya fuerza y sostén para llevar adelante esa misión viene del Espíritu de Dios (Heb. 12:10). Cuando hablamos de Iglesia, no lo hacemos pensando en la institución-iglesia, sino en lo que Lutero llamaba la iglesia invisible, esa que está formada por hombres y mujeres unidos por la amalgama que proporciona el Espíritu Santo. Este atraviesa las denominaciones y va más allá aún de las doctrinas. Es la asamblea (ekklesia) de todos/as los que se dejan movilizar por el Espíritu, los que entran en su cono de influencia.

Esta Santa Iglesia es también católica (con minúscula, es “universal”) porque no se agota en la congregación local de una denominación, sino que se une espiritualmente con todos los cristianos que proclaman el nombre de Cristo. ¡Las iglesias evangélicas y protestantes forman parte de la catolicidad de la iglesia! La Iglesia Católica Romana, vino después, pero todos los cristianos formamos parte de la Iglesia “católica”, así con minúscula.

De esta manera solo podemos afirmar Creo en la Santa Iglesia Universal, después de haber afirmado Creo en el Espíritu Santo, porque él invita a ser santos (apartados para una tarea), une a los cristianos y esa unidad no respeta fronteras mezquinas trazadas por los seres humanos, sino que va más allá, transformando en una totalidad al cuerpo de Cristo. Una sola cabeza, un solo cuero, distintos miembros.

Decir Creo en la Santa Iglesia Universal es al mismo tiempo confesar que la voluntad de Dios es una iglesia ecuménica. Y con esto no queremos decir que todos deben tener los mismos énfasis y tradiciones, que todos adopten las mismas doctrinas o que se organicen de la misma manera. Por el contrario una iglesia ecuménica es aquella que aún en las diferencias puede apreciar y respetar esa variedad de maneras de sentirse hijos de Dios y seguidores de Jesucristo. Esa hermandad que trasciende doctrinas, tradiciones y costumbres, es la promovida por uno y el mismo Espíritu.

 

Daniel A. Bruno
Pastor Metodista
Profesor de Historia
Licenciado en teología en ISEDET y Master en Divinidad en Drew University, New Jersey
Director del Centro Metodista de Estudios Wesleyanos (CMEW) Iglesia Evangélica Metodista Argentina
Director de la Revista Evangélica de Historia.

 

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Categoria: BIBLIA, Edición 7 | El Credo, entrega 7, Teología

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