LA PREDICACIÓN DESAPARECIDA

| 5 mayo, 2014

En los últimos años se ha perdido, considerablemente, la predicación basada en los temas de la inmortalidad del alma. El testimonio de la promesa de Dios, de pasar la eternidad en los Cielos junto a Él, pasa desapercibido en muchos púlpitos cristianos.

Dentro de los templos, en los programas de radio y TV, en la folletería que se reparte y en la charla entre cristianos brilla por su ausencia el asunto de la vida eterna, como si ese tema fuera de poca importancia, cuando en realidad, de cada tres versículos del Nuevo Testamento, uno está referido a la trascendencia de la vida.

Por más de treinta años he dado clases de homilética en el Instituto Bíblico Rio de la Plata, que se caracteriza por tener alumnos de distintos países, en ocasiones transcontinentales y de las más diversas denominaciones. Eso me da un marco amplio y adecuado para lo que digo. Cuando empezaba a pedir los primeros bosquejos estos venían con variados temas, pero una constante me marcaba que al llegar a los primeros 250 a 300 bosquejos de la clase, todavía no había recibido ni un solo bosquejo sobre tema del Cielo.

Sabiendo que los primeros ejemplos de sus trabajos, eran un espejo de lo que escuchaban en sus respectivas Iglesias, me tomaba una clase entera para remarcar esto y hablar del asunto. A lo largo de los últimos años he sido testigo impávido de estos argumentos o aseveraciones:

  • “El tema le aburre a la gente”.
  • “Hay que predicarle de las cosas que le interesan o le son útiles” (como si esto no lo fuera).
  • “Mi pastor nos prohibió a todos los predicadores, en la Iglesia, que habláramos de este tema”.
  • “No conozco nada del asunto este”.
  • “No es importante para las personas”.

En varias de esas charlas pregunté “¿cuánto hace que en tu Iglesia no se predica de la Segunda Venida de Cristo o del Cielo?”, las respuestas eran del tipo: “cinco años”, “diez años”, “nunca lo escuché”, “no recuerdo la última vez, pero fue hace muchísimo”.

Y esto, pastores colegas, es grave.

Prácticamente cada vez que voy a predicar invitado a una Iglesia, si no voy a hablar del Cielo, al menos en mi saludo inicial recalco esta esperanza y, en nuestra congregación, no hay domingo en que de alguna manera no lo incluya. A veces es un sermón, a veces un punto del sermón, a veces en los anuncios. ¿O acaso no debiéramos condicionar nuestros anuncios a esto?: “Si el Señor no viene, el domingo que viene tendremos Santa Cena”.

Un bosquejo que habla de los beneficios de seguir o de aceptar a Cristo y que como primer punto dice: “Cristo ofrece sanidad para nuestro cuerpo”, y el segundo dirá “Cristo ofrece bienestar para la familia”, y el tercero dice “Cristo ofrece libertad sobre los vicios que nos atan”, y sigue con la lista, ¿No debiera el último punto decir “Cristo ofrece la seguridad de la Vida Eterna en los Cielos”?

Tenemos el mejor mensaje y en el que nadie nos puede competir. En lo demás, somos uno más, considere esto:

  • Si predicamos sanidad divina, la ciencia, a través de la medicina tiene su oferta. Los satánicos también la tienen en los curanderos (aunque ya sabemos con qué resultados, pero hacen tal oferta).
  • Si predicamos de sanidad interior, la ciencia, a través de la siquiatría y la sicología tiene su oferta. Los satánicos también la tienen.
  • Si predicamos de las bendiciones en familia, ciencia y satanistas tienen para ofrecer.
  • Si predicamos de las bendiciones materiales, pasa lo mismo.
  • Si predicamos de vencer un vicio, igual.
  • Esto pasa con todos nuestros temas…
  • Pero cuando predicamos sobre la Vida Eterna en los Cielos y la consiguiente evitación del Infierno, nadie más tiene nada para ofrecer.

¡Es increíble que donde somos los únicos que tenemos un mensaje para ofrecer, es donde nos callamos!

No hablamos del Cielo, al que el cristiano debe apuntar su vida y “ni locos, ni ebrios, ni dormidos”, mencionamos el Infierno.

A veces temo que nos motive el miedo a perder gente pues en un tiempo donde el exitismo nos indica que a mayor cantidad de seguidores más acertados estamos en lo que hacemos. Porque cuando hablamos de las bendiciones terrenales, sean estas: sanidad, familia, prosperidad, felicidad y temas similares, la gente lo aceptará y pasará adelante a que les ministremos, porque en la base de nuestra supervivencia humana requerimos de estas cuestiones.

Pero al hablar del Cielo y del Infierno, de la Vida Eterna en Gloria y la consiguiente y única alternativa de lugar de castigo, la gente tiene que decidir y, sabemos, algunos determinarán aceptar y otros no. Eso podría tener un costo en reducción de gente.

Pero hay una demanda divina de ser sinceros y enseñar toda la verdad y somos responsables de ello, es más, deberemos dar cuenta de lo que se nos encomendó en nuestras manos.

Recuperemos el gran mensaje del evangelio, que es la salvación del alma. Mientras predicamos de las añadiduras que hacen más llevadero el viaje, no olvidemos recalcar que vamos hacia la eternidad, que nuestra alma tiene que determinar en esta vida, terrenal y limitada con el tiempo, su lugar de permanencia en donde el tiempo no acaba.

Con sinceridad pensemos y, de ser necesario, llevemos este pensamiento a nuestro altar personal y consideremos cuánto tiempo hace que no predicamos un sermón de esto, no lo usamos siquiera en una parte del mismo, no hacemos un estudio bíblico de la forma como lo entendemos, ni siquiera lo citamos en nada.

Analicemos nuestros dos últimos años de mensajes y saquemos nuestras propias conclusiones.

 

Rodolfo Polignano
Pastor en el barrio de Colegiales de la Ciudad de Buenos Aires
Unión de las Asambleas de Dios
Profesor del Instituto Bíblico Río de la Plata durante 30 años
Escritor y maestro se especializa en Homilética
Bajo su ministerio pastoral se levantaron 12 nuevas congregaciones
Sirvió muchos años como presidente de Evangelismo de la Unión de las Asambleas de Dios

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Categoria: BIBLIA, Edición 10 | Estos tiempos, entrega 1, Teología

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