UNA IGLESIA FRÁGIL

| 7 diciembre, 2020 | Responder

La encarnación de Dios es el signo de una fragilidad asumida, cuyo poder se encuentra en burlar lo que “sabios y entendidos” pretendían como verdades absolutas.

“Compartan con los hermanos necesitados, y sepan acoger a los que estén de paso” (Rom 12.13)

Siempre me llamó la atención la presencia de esta ética casuística del texto bíblico que, más allá de basarse en el cuidado del prójimo, de la viuda, del huérfano/a, del necesitado/a y el extranjero/a como manifestaciones propias de la presencia de Dios en la historia -tal como vemos desde los relatos del AT (y que ahuyenta los terrores principistas)-, responde más bien a una lógica de la inmediatez, de la reacción, del momento, del locus. No es una ética que busca transparentar Grandes Principios o construir Proyectos Universales. Es una ética basada en la misericordia como respuesta fronteriza ante la sola presencia del sufrimiento ajeno, que no pregunta, no juzga, no discrimina; simplemente reacciona, se entrega y “deja pasar”. No ambiciona convertir, convencer, maquinar Revoluciones, buscar réditos de un Nuevo Orden ni dar Grandes Respuestas a Preguntas Universales. Solamente quiere responder a la coyuntura, desde la pasión, la improvisación, la sensibilidad. Es una ética que estima y acoge la inmediatez, desde el discernimiento de la manifestación divina como el prójimo al que se hospeda, así como Dios ampara la humanidad como gesto de entrega radical, sin esperar rédito.

Me hace acordar a lo que Gianni Vattimo plantea sobre la “caridad” como epicentro de la identidad cristiana: la fe se revela desde pequeñas historias de entrega al Otro/a, no en Principios de poder y dominio. Fe es “kénosis”, vaciamiento, tal como Jesús se vació a sí mismo para hacerse humano (Fil 2); pero no un vaciamiento que da lugar a la Nada (otra abstracción metafísica), sino que se hace carne, se hace piel, se posiciona en otro lugar de la Historia: se plasma en la “caridad” como espacio de existencia, en la entrega-total-de-sí hacia el otro/a como presencia divina en la realidad, erigiéndose así como “límite” frente a cualquier absoluto impersonal. Lo Universal deja de ser un objeto (discursivo, político, social), para revelarse como un roce pasajero, una mirada compasiva, una práctica sin vanaglorias; hechos que, por ser fugaces, no dejan de mostrar la presencia de la Salvación manifiesta como un gesto que, al “pasar de largo”, se hace ilimitada.

“En lugar de presentarse como un defensor de la sacralidad e inteligibilidad de los ‘Valores’, el cristiano debería actuar, sobre todo, como un anarquista no violento, como un deconstructor irónico de las pretensiones de los órdenes históricos, guiado no por la búsqueda de una mayor comodidad para él, sino por el principio de la caridad hacia los otros” (Gianni Vattimo, Creer que se cree, p.116)

Hoy nos encontramos en un momento de completa vulnerabilidad, en todos los niveles, donde, como creyentes, necesitamos cambiar completamente de foco. Necesitamos de una iglesia que promueva una espiritualidad de la caridad, que abandone los principismos para asirse desde una confesión profunda y honesta: ¿cómo recomenzamos? Las Grandes Promesas de la Modernidad, de la Ciencia, de la Política, de la Teología, no fueron más que pasajes, que no sólo no agotaron las posibles vías de escape, sino -inclusive- colaboraron para que el panorama se agrave aún más. Desde la iglesia, los discursos exitistas, los relatos escatológicos, las epifanías misionales y las teologías gloriosas, no les ha quedado más que llamarse a silencio, en un momento donde el desconcierto fecunda nuestras cotidianeidades y donde las exclamaciones triunfantes de siempre, quedaron sin resonancia alguna.

Por todo esto, lo que menos necesitamos son iglesias que se transformen en castillos voluptuosos o se alimenten de egoísmos mesiánicos. No requerimos teologías que construyan un Dios Todopoderoso y controlador, “que todo lo solucionará”, como si la fe o lo divino fueran un comodín. Más bien, exigimos de una fe, una espiritualidad, una teología, que nos permitan reconocer, admitir y lidiar con las condiciones más fundamentales con las cuales fuimos creados (e, inclusive, son parte de la “imagen y semejanza” divina que nos imprime): la vulnerabilidad, la incertidumbre, la fragilidad.

Por ello, precisamos de iglesias frágiles. Que se vacíen de su (falsa) gloria y fantasía de privilegio, para asumir su condición histórica, la flaqueza de su carne, la transitoriedad de su paso histórico, así como lo hizo Cristo, como entrega y compromiso, “hasta la muerte”. Iglesias frágiles cuya encarnación de cuenta de su identificación con la condición más básica que nos hace humanos, y que ahora nos azota en el rostro, después de creernos el cuento arrogante de nuestra autosuficiencia. No le echemos la culpa de ello al “mundo”: bien que muchas de nuestras eclesiologías y teologías han aportado a esta porfiada ceguera, que ahora nos deja completamente desconcertados frente a un contexto convulso.

Fragilidad no es sinónimo de irrelevancia. Todo lo contrario: es hacerse a la medida de esta realidad, que no podemos manejar -ni en nuestro nombre, y menos aún en el de Dios-, para asirla, enfrentarla y acompañarla, desde el impulso de la esperanza que aprehendemos sobre la creencia en este Dios, que se encuentra a la vez presente y ausente. Es una fragilidad que se imprime en la Promesa: una actitud que nos abre al futuro a partir de la honestidad con lo que somos, y así no caer en la trampa de las falsas ilusiones de un Paraíso que no tenemos. Por ello, la fe es “convicción de lo que no se ve”: es potencia, fuerza, movimiento, que nace a pesar de la carencia de control, que creemos tener cuando pretendemos poseer todo a la mano y a la vista. Eso es, precisamente, idolatría: crear un falso objeto, para legitimar nuestro poder y lugar de seguridad.

La fragilidad nos une como comunidad. Nos reconocemos en la condición de fluctuación que nos traspasa a cada una y cada uno, lo cual nos convoca a tomarnos de la mano, acompañarnos en el camino, a ir juntas y juntos sabiendo que “no hay uno encima de otro” ni que tenemos el futuro comprado, sino que la fragilidad de nuestros cuerpos, nuestros contextos y nuestros devenires nos mantiene abiertos/as desde una sensibilidad de lo que nos falta, no necesariamente de lo que tenemos. Confrontaremos la vulnerabilidad sin negarla o ningunearla, desde una fe que alimentamos mirándonos a los ojos, sintiendo nuestras manos juntas, tomados en abrazos de amor, reconociendo que el camino lo hacemos unidos/as, desde el reconocimiento honesto del lugar donde estamos.

La encarnación de Dios es el signo de una fragilidad asumida, cuyo poder se encuentra en burlar lo que “sabios y entendidos” pretendían como verdades absolutas. En este tiempo de pandemia, donde la muerte se ha transformado en estadística, donde la desorientación es parte de la cotidianeidad, donde las falsas promesas muestran su perversión más profunda, necesitamos de una iglesia que denuncie la pretensión de evasión y poder que hay detrás de estas fantasías, para asumir la humanidad en toda su condición, en su exceso, en su imprevisibilidad, par así cuidarla, apreciarla y asumirla.

Necesitamos iglesias frágiles para empoderar la esperanza resurreccional que se deposita en lo más débil de nuestra (co)existencia. No lo escondamos detrás de artilugios rituales o teológicos. Hagamos carne y cuerpo, así como Dios se vació a sí mismo, y contemplemos cómo la potencia divina nos sorprende desde la confesión de aquello que el mundo pretende esconder.

Nicolás Panotto
Argentino
Teólogo
Magíster en Antropología Social y Política
Doctor en Ciencias Sociales.
Director del Grupo de Estudios Multidisciplinarios sobre
Religión e Incidencia Pública (GEMRIP- Otros Cruces)
Profesor de la Comunidad Teológica Evangélica de Chile.
(GEMRIP – www.gemrip.org/)

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Categoria: BIBLIA, Edición 23 | NUESTRA AMÉRICA: SER IGLESIA HOY, entrega 5, Teología del Sur

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